Capítulo Milésimo cuadringentésimo trigésimo séptimo: “Cuando una mujer hermosa ríe, la bolsa de alguien llora”. (Refrán italiano)

Mujeres: personas especializadas en complicarse la vida.

Cualquier fiesta. Dos tíos clavan su mirada el uno en el otro. Se acaban de dar cuenta de que llevan el mismo traje, los mismos zapatos y hasta el mismo color de la corbata. Reaccionan a gritos: “Peeeeeero tío…. si vamos igual.. sí señor, así se hace, que se note la elegancia, pero si somos los más guapos de la fiesta joder!!! Venga, vamos que te invito a una copa”. Gracias a la coincidencia pasarán de desconocidos a colegas en menos de cinco minutos.

Cualquier fiesta. Dos tías se cruzan una mirada desafiante. Una va vestida de azul eléctrico, la otra de verde pistacho (en tonos melón), pero la mirada de cada una de ellas se ha clavado en los zapatos de la otra: la misma hebilla dorada, el mismo tacón de 8 centímetros, el mismo tono rosa chicle.. las dos llevan los mismos zapatos y las dos le comentan lo mismo a la amiga que les acompaña “!Pero tú has visto tía…. si me ha copiado los zapatos, será zorra la tía! Ya está tía, esta tía me ha amargado la noche. Tía.”

Mujeres: personas especializadas en complicarse la vida.

… te tocó la china

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Capítulo Milésimo cuadringentésimo trigésimo tercero: “La mayoría prefiere pagar por entretenerse que por instruirse”. (Robert. A. Savage, 1933, empresario estadounidense)

Intento desayunar. Saco el cartón de la nevera, me llama la atención lo curioso del abrefácil y, por aquello de hacer algo distinto a lo habitual, pienso.

¿Cómo puede hacerse rico un tío que lo único que hizo fue levantar la esquina de un cartón de zumo y pintarle unas rayitas? Los hay con suerte.

… adefesio

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Capítulo Milésimo ducentésimo trigésimo quinto: “Lo que llamamos en otros pecado, consideramos en nosotros como experiencia”. (Ralph Waldo Emerson, 1803-1882; escritor y filósofo estadounidense)

Es de todos conocido que vivimos en una abominable sociedad sin valores, en un mundo dominado por el vicio, el pecado y por la depravación moral, en una corrupta Sodoma y Gomorra que nos está llevando a todos irremisiblemente al fuego eterno.

Preocupado por esta grave, a la par que angustiosa, situación, pensando únicamente en el bienestar y la salvación de cuantos leen “Tantos hombres y tan poco tiempo” y tras un riguroso, serio y profundo estudio de investigación, hemos conseguido dar con la verdadera causa por la que este mundo se está convirtiendo en una lujuriosa mancebía.

La clave la da un eminente filósofo, Alen Edwars, afirmando que la civilización occidental entró en franco declive moral desde que, y es textual:

“… los turcos introdujeron la bragueta de botones en Europa en los siglos XVIII y XIX ya que su propósito no era sólo facilitar el orinar, sino también posibilitar la fornicación y la violación“.

Ya no hay excusa. A partir de ahora y una vez conocida la causa, está en nuestras manos tomar las medidas adecuadas que pongan freno a este lupanar de vicio desenfrenado en el que se está convirtiendo el mundo por culpa de un puñado de aberrantes infieles que trajeron un invento obra del mismísimo diablo: la bragueta.

… al gineceo

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Capítulo Milésimo ducentésimo octavo: “Mi horóscopo dice que hoy conoceré a alguien grande”. (Jessica Lange en “King Kong”, de John Guillermin; 1976)

Cuando llega la época de celo la mayoría de los animales resultan (resultamos) ser muy poco selectivos a la hora de buscar una pareja que les alivie de sus naturales apetitos. En tiempos de guerra todo agujero es trinchera.

El asunto no es caprichoso. Gracias a esta estrategia, por ejemplo, las plantas pueden engañar a una inmensa mayoría de insectos que, verracos perdidos como van, confunden la corola de la planta con una hembra de su especie y acaban pegándose un revolcón en ella para así, sin saberlo, acabar transportando el polen de su compañera ocasional hasta la próxima conquista.

Aunque no todos. Los grillos mormones, por ejemplo, no se dejan engañar tan fácilmente y usan un método que les suele dar muy buenos resultados: antes de ponerse a retozar con una presunta, la elevan en el aire eligiendo, para intercambiar sus fluidos, a aquella que más pese, a la más gorda, reduciendo así las posibilidades de acabar cohabitando con la primera hoja en forma de grilla mormona que se le cruce en el camino.

Curiosamente, y a pesar de los muchos estudios que sobre el tema se han realizado, la tasa de anorexia entre la población femenina en esta especie es inexistente.

Hasta el lunes.

… más “historias extra-ordinarias” todo el fin de semana

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Capítulo Milésimo centésimo sexagésimo: “Con tres copas de vino ya se puede elegir una doctrina”. (Proverbio chino).

Mi condición de agnóstico convencido unido a mi militancia convicta y confesa en el bando de los abstemios (ambas cosas por la gracia de Dios), no han podido con mi curiosidad: si durante la última cena Jesús pidió a sus Apóstoles que en recuerdo suyo siguieran reuniéndose a cenar periodicamente (cuando comiesen pan, comerían de su cuerpo, y cuando bebiesen vino, beberían de su sangre -la transubstanciación que llaman) ¿por qué entonces en las misas no dan vino?

Mi primera idea fue pensar con cierta lógica. Los curas, siempre sensibles a las necesidades de sus parroquianos, no habían querido hacerle la competencia –a todas luces desleal- a los bares del pueblo. A ver quien iba a pagarse unos chatos el domingo por la mañana pudiendo bebérselos gratis con tan solo acercarse a la misa de diez, repetir visita en la de once y tomarse el último en la de una.

Sin embargo la explicación es otra. Lo revela Charles Panati en “ Los orígenes sagrados de las cosas profundas: “En el siglo XVIII se prescindió de la copa comunal de vino en muchas iglesias. Y no por temor a la transmisión de enfermedades, dado que aún no existían conceptos como el de bacteria, sino porque los tejidos se estaban haciendo muy costosos y las manchas de vino eran imposibles de limpiar”.

Vamos, que si hubieran inventado el vip express algún siglo antes quizá ahora habría un poco más de paro en la hostelería, pero seguro que la mayoría de las iglesias estarían rebosantes de ansiosos fieles incapaces de perderse su comunión diaria. Y hasta de repetir la misma las veces que hiciera falta.

… mala leche.

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Capítulo Milésimo centésimo quincuagésimo séptimo: “Aquí vendemos el calmante más antiguo del mundo” (Cartel colgado en el escaparate de una tienda de mecedoras).

Tenemos cinco dedos en cada mano. Y, aunque forzando la cosa, cada uno de ellos acaba entrando en los agujeros de nuestra nariz (quien más y quien menos está acostumbrado a meter cosas grandes en agujeros pequeños) sólo el meñique lo hace desahogadamente.

Teorías del por qué esto es así hay tantas como investigadores han sido capaces de perder su tiempo estudiando tan apasionante tema. Una de las que tiene más seguidores es la que afirma que el dedo meñique no ha crecido tanto como los demás porque si lo hiciera dejaría de cumplir la función para la cual está destinado: la higiene nasal.

Los defensores de esta hipótesis cuentan con un argumento de peso: la selección sexual favoreció a quienes tenían el dedo meñique con un calibre capaz de entrar sin dificultad en las fosas nasales. Según distintos estudios, las mujeres del Pleistoceno podrían haber preferido aparearse con los hombres de meñique pequeño ya que así ellos podían hurgarse las narices y mantenerlas más fácilmente limpias, algo que consideraban un detalle de buena salud a la hora de buscar al padre de sus hijos.

Ellas siempre eligiendo en función del tamaño. Luego dirán que no les importa. Ya.

… Dios, el ordenador.

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Capítulo Milésimo centésimo vigésimo segundo: “Al lado de la dificultad está la facilidad. (Mahoma, 570-632; religioso árabe)

¿Alguien se ha parado a pensar en la cantidad de horas que perdemos en los titubeos antes de pasar a la acción? A mí, por ejemplo, me deja hecho polvo el asunto de la camisa que me tengo que poner cada mañana. Como la mayoría están sucias no tengo muchas para elegir, pero basta que estén disponibles un par de ellas para que la cosa se me complique. No acertar a la primera significa pasarme el día dando tumbos, incómodo pensando en que me tenía que haber puesto la otra. ¿Y decidir entre cereales con chocolate o sin chocolate para desayunar? Física cuántica. Sólo tengo de esas dos clases, pero raro es el día que no esté un buen rato con las dos cajas de la mano sin ser capaz de decidirme por alguna.

No digo yo que tener que tomar decisiones no nos haga madurar, crecer como personas y todas esas milongas que vomitan los libros de autoayuda, pero es duro, muy duro, tenerse que enfrentar cada mañana a tantos retos. Cualquier trabajo es demasiado trabajo cuando uno es vago. Hasta el de tener que decidir.

… por a: Amazon.

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Capítulo Milésimo centésimo vigésimo: “Bienaventurados los que no tienen nada que decir y resisten la tentación de decirlo”. (James Russell Lowell, 1782-1861; escritor estadounidense)

Ahora resulta (más bien ahora me entero yo, que supongo que siempre habrá sido así), que las termitas, chinches, hormigas o incluso las cucarachas, no sólo son comestibles, que eso ya lo sabíamos por los documentales de la dos que tanto nos ayudan en la siesta, sino que, además, su carne es tan sana y nutritiva como la del pollo o la de la vaca.

Si esto es verdad -y no sólo algo que se inventó el becario que lleva la sección de curiosidades para llamar la atención-, lo del hambre en el mundo empezaría a no tener mucha explicación. Otra cosa no, pero el número de cucarachas, chinches y demás animalitos presuntamente proteicos aumenta de forma directamente proporcional a la hambruna del país, es decir, que los países que más hambre pasan son los que tienen más y mejores recursos alimenticios.

Y aquí no valen los remilgos del asco y esas historias. En situaciones de emergencia uno se come hasta a su vecino si se deja. Que se lo pregunten a los supervivientes aquellos de los Andes.

Además tampoco parece que tenga mucho que ver la existencia de agua o vegetaciones varias para que abunde el alimento: todos sabemos como las cucarachas pueden vivir sin ver una sola planta en su corta vida. Eso sí, los que peor lo pasarían iban a ser los vegetarianos, suponiendo que exista alguno por esos lares, aunque me imagino que aplicando el refrán de “a buen hambre no hay pan duro” acabarían por inventarse alguna teoría en la que comer insectos más que de carnívoros, fuera de “insectívoros” con lo que sus conciencias quedarían satisfechas y sus estómagos un poco más llenos.

Ya sabemos que el hombre es un animal muy adaptable, especialmente si le interesa.

Lo reconozco, hay días que la desesperación me lleva a decir tonterías como las anteriores, leyéndolas me doy cuenta de que estar en el trabajo es uno de los factores de riesgos mas evidentes y peligrosos para el equilibrio emocional y la salud mental. Que lo prohíban pero ya.

… suspensos.

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Capítulo Milésimo centésimo noveno: “Es empresa vana tratar de ridiculizar a un necio rico: las carcajadas están de su parte”. (Jean de La Bruyère 1645-1696; escritor francés)

Siempre me he preguntado por qué si el pez grande se come al chico, son precisamente los peces pequeños los que tienen colores más llamativos. Una gilipollez, lo sé, pero cavilaba yo que si lo de la selección natural es como lo pintan, se deberían de haber beneficiado mucho más de su discreción los peces menos vistosos que aquellos otros a los que, por su aspecto, les podían haber dado el primer premio en un desfile de carnaval.

Pues todo tiene su explicación y, ¡oh casualidad! resulta que la culpa es ¡oh sorpresa! de la parte femenina del asunto.

Muy resumido: los peces machos hacen lo que hacen, se arriesgan a lo que se arriesgan y son capaces de poner en peligro su vida por un/el único motivo. Sí, por ese.

Y no ya sólo porque las hembras preferirán aparearse con los peces más vistosos (no es cuestión de “belleza“, más bien de que los más coloreados, al haber sobrevivido a pesar de tenerlo más difícil, demuestran muy buena salud y excelentes condiciones físicas) sino porque ellas los prefieren valientes. Algo que lleva a los machos a arriesgar si vida cuando, en época de apareamiento y sólo si hay alguna hembra presente, se acercan todo lo que pueden a sus depredadores. El objetivo no es otro que el de impresionar a su posible pareja y demostrarle que se está en buena forma para escapar de un ataque enemigo.

Así, arriesgando su vida por “amor“.

Tiran más dos aletas que dos carretas. Hasta el lunes pues.

… más historias “extra-ordinarias” cada día.

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Capítulo Milésimo centésimo vigésimo primero “El hombre verdaderamente libre es el que puede rechazar una invitación a comer sin excusarse. (Jules Renard, 1864-1910; escritor francés)

Cuanto más dinero tengas menos tendrás que pagar por las cosas. Esto, que parece otra de las muchas leyes de Murphy sin sentido, no es más que la constatación de la pura y dura realidad.

¿A quién regalan las casas de coches el último modelo que fabrican? ¿A quién invitan a comer en los restaurante de moda? ¿A quién le hacen llegar el teléfono móvil de última generación? ¿A quién le ceden los trajes para que los luzcan sin pasar por caja? ¿A quién invitan al viaje que prefiera con todos los gastos pagados?

Evidentemente a los que podrían pagar de su bolsillo cualquiera de esas cosas sin ninguna dificultad.

También es verdad que el regalante no lo hace por haber sufrido y repentino ataque de dadivosidad aguda, pero al tío que se encuentra en un crucero camino de los fiordos noruegos invitado por su banco al haber sobrepasado las ocho cifras en sus cuentas seguro que ese detalle le trae completamente al fresco.

Los demás, pobres mortales, a lo único que podemos aspirar degratis es a alguna camiseta (que siempre queda grande) conseguida después de pelearnos en la cola con tres docenas de jubilados. Y todo para convertirnos en el soporte publicitario gratuito de cualquier caja de ahorros.

… griegos.

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