Capítulo Milésimo tricentésimo octogésimo segundo: “¿Qué puede haber imprevisto para el que nada ha previsto?” (Paul Ambroise Valéry, 1871-1945; escritor francés)

Ya hace algunas temporadas, y utilizando un balón con un chichón como imagen, los jugadores de la liga inglesa de fútbol colaboraron en una campaña de sensibilización sobre el cáncer testicular. Fue una cuestión de pelotas donde todo quedaba en casa.

Y es que, el cáncer testicular no es para tomárselo a broma; es uno es uno de los más habituales en los varones menores de cuarenta años y, sobre todo, uno de los que presentan mejor curación si existe un diagnóstico precoz, por lo que es imprescindible que todo hijo de vecino que tenga estos preciados apéndices se someta, aparte de las habituales revisiones, a una autoexploración tan frecuente de la zona en cuestión como crea conveniente para que al más mínimo bulto o quiste, acuda al médico.

Dicho lo cual, señores jefes, sepan que durante el horario laboral no nos estamos tocando los huevos por gusto sino que seguimos las recomendaciones de las autoridades sanitarias. A ver si se enteran de una vez. La salud es lo primero. Siempre.

… dar el canuto

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Capítulo Milésimo tricentésimo sexagésimo noveno: “Acuéstate como la gallina, levántate como el marrano y vivirás siempre sano” (Refrán español)

El doctor Letamendi, destacado catedrático y, además de excelente médico, conocido por su proyección literaria y musical, ideó un curioso sistema para librarse de la gente que le acosaba con consultas en medio de la calle para evitar pagarle la visita. Cuando alguien le preguntaba algo, Letamendi les decía: “- Bien, bien. Vamos a ver: cierre usted los ojos y enséñeme la lengua”. Y, dicho esto, se largaba dejando al aprovechado con un palmo de lengua fuera.

Un lunes -el de ayer- complicado, y una amiga un poco –bastante- más hipocondríaca que la habitual hipocondría que insistentemente padece cualquier hijo de vecino, ha hecho que me acuerde -y mucho- del doctor Letamendi. Una lástima que una mal entendida diplomacia me impidiera a mí hacer lo mismo. ¡Qué listo el tío! ¡Pero qué listo!

… de luto

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Capítulo Milésimo tricentésimo sexagésimo: “Sólo las mujeres y los médicos saben cuán necesaria y bienhechora a los hombres es la mentira” (Anatole François Thibault, 1844-1924; novelista francés)

Cierto emperador chino deseaba tener a su cargo un médico mejor que el que le venía atendiendo hasta la fecha. A tal efecto, ordenó que todos los galenos del imperio, bajo juramento, pusieran en sus ventanas tantas velas encendidas como pacientes se les hubieran muerto aquel año.

Tras recibir noticia del cumplimiento de la orden, el emperador aprovechó el desfile del día sagrado para acercarse al barrio de los médicos. Pronto comprobó que miles de velas iluminaban las calles, y que eran muchas las casas en las que éstas ardían no sólo en las ventanas sino que, dado el número de pacientes perdidos, las habían tenido que poner hasta en las puertas y los tejados.

A punto de darse por vencido descubrió, con alegría, que en una casa modesta sólo cuatro velas adornaban una de las ventanas. Pensando que acababa de encontrar al mejor médico del Imperio le hizo salir de la casa y le dijo:

- “Tú has ganado; serás mi médico de cabecera. Pareces ser un buen facultativo, pero antes dime: ¿cómo has conseguido perder tan sólo a cuatro pacientes?”

El honrado médico, volviéndose a inclinar, y temblando murmuró: “Gran señor… yo empecé a ejercer la profesión esta mañana”.

A ver cuando se dan cuenta que, como decía Moliere, los médicos no están para curar, sino para recetar y cobrar; curarse o no es cuenta del enfermo.

… ojo de gato

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Capítulo Milésimo centésimo sexagésimo séptimo: “Cuando una medicina no hace daño deberíamos alegrarnos y no exigir además que sirva para algo”. (Pierre Augustin de Beaumarchais, 1732-1799; poeta francés)

La medicina del antiguo Egipto se regía por códigos de ética muy estrictos que, por ejemplo, prohibían a los médicos alejarse de sus pacientes hasta que estos no estuviesen completamente curados. Si el paciente moría, el médico debía justificar la causa del deceso a satisfacción de los familiares del difunto. En caso de comprobarse algún tipo de negligencia el médico pagaba con su vida.

No mejoró la cosa entre los visigodos de la Edad Media. El facultativo sólo cobraba sus honorarios si el paciente se curaba. En cambio, si fallecía, aún en los casos en los que hubiera sido bien atendido, el médico debía pagar una fuerte indemnización. Finalmente, si la causa del fallecimiento se debía a negligencia médica, el facultativo no sólo perdía su licencia para ejercer sino que también quedaba a disposición de los familiares para que estos le propinaran el castigo que ellos creyeran oportuno.

No ha mejorado mucho las cosas ahora. Lo de las indemnizaciones se va arreglando con el invento del seguro, pero alguien debería de decirles a algunos familiares que ya no estamos en la Edad Media. Por mucho que les guste conservar las tradiciones.

Va de lunes.

… la trabajadora más vieja del mundo.

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Capítulo Milésimo centésimo trigésimo: “De niño, el menú de mi casa siempre constaba de dos opciones: o lo tomas, o lo dejas” (Buddy Hackett 1924-2003 actor estadounidense)

Ando yo preocupado por un dato que han dado en un coloquio sobre la obesidad. Afirman, que en sólo dos décadas se ha doblado el porcentaje de adultos que padecen obesidad, una enfermedad que ya afecta al 52,7 por ciento de los españoles.

A todos nos gusta comer. No hacerlo cuando la disponibilidad de la comida es abundante se opone a las leyes más básicas de la evolución. Mucho ha tenido que ver en ella nuestro gusto por lo dulce, que ha ayudado a la humanidad a descartar las frutas venenosas; por la sal, que nos ha permitido evitar la deshidratación; y por la grasas, la verdadera reserva energética con la que salir adelante en las épocas de vacas flacas.

Vamos, que dejar de comer más de lo que necesitamos por nosotros mismos no es algo fácil. Lo que no acabo de entender es cómo si las ciencias en general -y la medicina en particular- han avanzado tanto (en los últimos años se han inventado remedios tan milagrosos como la anestesia, capaz de inhibir la sensibilidad y la capacidad para sentir dolor; las vacunas, capaces de erradicar enfermedades milenarias; los antibióticos, con los que pudieron empezar a tratarse las infecciones sin que el remedio fuera pero que la enfermedad; la estructura del ADN, verdadero filón para enfrentarse a las enfermedades hereditarias.. y así podría seguir hasta el infinito y más allá), lo que no acabo de entender, decía, es que no hayan sido capaces todavía de inventar alguna variedad de espinacas, de coliflores, o de acelgas, que tengan sabor a tarta de chocolate con nata montada rellena de mermelada de naranja amarga. Por ejemplo.

Como dijo un piloto de carreras inglés antes de empezar una de sus infinitas dietas “La expectativa de vida crecería si los vegetales olieran como el tocino” .

… transportando niños.

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Capítulo Milésimo cuadragésimo tercero: “Cuando Paris tiene que mear, Paris tiene que mear” (Paris Whitney Hilton, 1981; ? estadounidense)

Próstatas aparte, la mayoría de las consultas que reciben los urólogos españoles están relacionadas con el tamaño del pene. Y no por excesiva abundancia precisamente.

Lo sangrante del caso es que más de un 44% de estos preocupados “consultantes no sólo no tienen ningún problema con su tamaño sino que, encima, poseen un pene cuya longitud es superior a la media. Que, por si alguien no está muy puesto en tan sensible tema, en España se sitúa sobre los 13, 5 centímetros.

Una lógica consecuencia no ya sólo (aunque sobre todo) de la nula educación en el colegio, sino de la cantidad de amigos fantasmas con los que no tienes más remedio que intercambiar medidas venga o no a cuento, o de creerse que a los protagonistas de las películas porno están elegidos en función de sus conocimientos en física cuántica.

A lo que iba. Que ya está bien, que no es normal, que no se puede hacer perder el tiempo así a los pobres y honrados trabajadores del gremio urológico. Que tiene que ser muy duro escuchar cada mañana a unos cuantos quejándose de lo poco que abulta lo suyo cuando resulta que el de él es, la mayoría de las veces, más pequeño.

Debe de ser duro aguantar semejante suplicio. No deberíamos olvidar que los urólogos también tienen su corazonzito, que también son personas humanas.. por mucho que sea gente que lo único que hace es pasarse el día tocándoles las pelotas al personal. Y cobrando por ello.

Hasta el lunes.

… más historias “extra-ordinarias” todo el fin de semana.

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