1466. Lunes, 21 septiembre, 2009

Septiembre 21, 2009

Capítulo Milésimo cuadringentésimo sexagésimo sexto: “Hasta que me liberé de mis hermanos mayores y empecé el cole, creía que me llamaba “cállate”. (Rodney Dangerfield, 1921-2004; actor estadounidense)

Una de las situaciones más tensas que se producen entre dos seres humanos, sobre todo si son seres humanos hombres, ocurre en los lavabos/baños y/o servicios de los centros de trabajo. Por más cuidado que le pongas, por más que busques la hora en la que se supone que no va a entrar nadie, pocas veces te librarás de salir del retrete y encontrarte con algún compañero que, haciendo como que se lava las manos, lanzará miraditas de sorna para hacerte notar que ha escuchado los sonidos varios que suelen acompañar a los ejercicios intestinales que acabas de realizar.

Hoy, en peluche práctico, una idea para evitar -en la medida de lo posible- que esos ruidos evacuatorios, (que tan a gusto nos dejan y a los que no queremos ni debemos renunciar durante el horario laboral) puedan ser escuchados por compañeros fisgones.

Muy simple, cogemos el rollo de papel del culo haciendo una bola (con el papel no con el rollo) del tamaño que uno pueda prever (según necesidad y experiencia pero teniendo siempre en cuenta que el papel lo paga el centro de trabajo… por lo que conviene no ser rácanos) y la colocaremos en el fondo, con el fin de que, cuando caiga el monigote lo haga sobre blandito, amortiguando la caída y evitando así los incómodos ruidos.

Ah, y un valor añadido: de paso evitaremos que al caer nos acabe salpicando… que hay veces que… en fin.

… quitando hierro

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Capítulo Milésimo cuadringentésimo trigésimo séptimo: “Cuando una mujer hermosa ríe, la bolsa de alguien llora”. (Refrán italiano)

Mujeres: personas especializadas en complicarse la vida.

Cualquier fiesta. Dos tíos clavan su mirada el uno en el otro. Se acaban de dar cuenta de que llevan el mismo traje, los mismos zapatos y hasta el mismo color de la corbata. Reaccionan a gritos: “Peeeeeero tío…. si vamos igual.. sí señor, así se hace, que se note la elegancia, pero si somos los más guapos de la fiesta joder!!! Venga, vamos que te invito a una copa”. Gracias a la coincidencia pasarán de desconocidos a colegas en menos de cinco minutos.

Cualquier fiesta. Dos tías se cruzan una mirada desafiante. Una va vestida de azul eléctrico, la otra de verde pistacho (en tonos melón), pero la mirada de cada una de ellas se ha clavado en los zapatos de la otra: la misma hebilla dorada, el mismo tacón de 8 centímetros, el mismo tono rosa chicle.. las dos llevan los mismos zapatos y las dos le comentan lo mismo a la amiga que les acompaña “!Pero tú has visto tía…. si me ha copiado los zapatos, será zorra la tía! Ya está tía, esta tía me ha amargado la noche. Tía.”

Mujeres: personas especializadas en complicarse la vida.

… te tocó la china

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Capítulo Milésimo cuadringentésimo: “El que come del fruto del árbol del conocimiento, siempre es arrojado de algún paraíso”. (William Ralph Inge, 1860-1954; teólogo británico)

Hay cierto programa en la televisión vespertina -de nombre tan largo como absurdo- empeñado en demostrar que sí, que es verdad, que existe un grupo todavía más bobalicón e insustancial que el de las barbies rubias: el de aguerridos kent intentando conseguir su minuto de gloria.

Algunos entienden (a sus semejantes) y la mayoría no se entiende ni a sí mismos, pero todos usan el mismo cliché estético: depilación a la cera, tableta de chocolate hasta el cuello, peinado de puerco espín y tatuajes varios distribuidos ordenadamente desordenados. Con todo, lo peor de estos chicos no es su falsa apostura, sino su escasez de sustancia. Lo digo en serio, comparada con uno de ellos, hasta Leticia Sabater parece Marie Curie.

Vale, que sí, que si alguno me cayera cerca no iba a andar yo con remilgos (al fin y al cabo tampoco lo querría para hablar de la fisión atómica), y es verdad que puede ser que todo este sermón no sea más que pura y dura (snifff) envidia. Pero yo sigo en mis trece: antes que a cualquiera de ellos prefiero un bombero que trabaje por las tardes de descargador en Mercamadrid. O varios. Como de aquí a Pernambuco, vamos.

… toga negra

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Capítulo Milésimo tricentésimo sexagésimo séptimo: “Cuando uno no sabe qué decir, no sabe cómo decir que no sabe qué decir”. (Felipe, 7 años, estudiante)

Por alguna extraña conjunción astrológica de los arcanos menores con ascendente en Júpiter, hay quien todavía piensa que las mujeres (personas de sexo femenino) son las únicas investidas con el don de poder fingir un orgasmo. ¡A santo de qué van a tener ellos que disimular! dicen, además, es imposible, a un tío se le ve claramente cuando acaba, salta a la vista. Pobres, ¡si ellas supieran!

El caso es que, salvo peticiones finales que no vienen al caso (que cada uno es muy libre de llevarse a la boca lo que le venga en gana), que un hombre disimule un orgasmo es, además de mucho más frecuente de lo que algunos (y sobre todo algunas) creen, algo bastante sencillo. Bastará con, llegado el momento oportuno, resoplar como un autobús cuando llega a la parada de final de la línea y, mirando hacia arriba (que no es imprescindible pero ayuda) reproducir lo más fielmente posible los sonidos que uno tenga por costumbre ejecutar en tan recomendable momento. Un dato importante: si la pareja es la habitual conviene no cambiar mucho el método con el que uno suele alcanzar el desbordamiento, es decir, si la costumbre, por ejemplo, es jurar en Arameo mientras se recita a Bécquer habrá que seguir haciéndolo… que hay cosas en las que siempre se fijan. Algún lubricante convenientemente distribuido -desde el comienzo-, un poco de habilidad y una cierta rapidez en alcanzar, con la disculpa de no pringar mucho, el lavabo, harán el resto.

Vale, es verdad, ninguno de los que leemos esto hemos pasado –nunca, jamás- por un trance semejante, ¡faltaría!, pero el saber no ocupa lugar… y si alguna vez algún amigo (algún amigo ¡por supuesto!) nos pide ayuda pues eso que tenemos ganado. Hasta el lunes.

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Capítulo Milésimo ducentésimo decimonoveno: “Es difícil crear ideas y fácil crear palabras; de ahí el éxito de los filósofos”. (André Maurois, 1885-1967; novelista y ensayista francés)

Corre por internet un viejo chiste en el que, con una cierta lógica, se explica el significado de las protuberancias que todos tenemos en la punta de los senos: es Braille y significa “chupe aquí”. Pues bien, aunque pocos son consientes de ello, quien más y quien menos toca, soba y hasta magrea unos cuantos pezones propios o ajenos varias veces al día. Y la mayoría lo hace a diestro y siniestro y sin el menor recato.

Los pezones son, entre otras muchas acepciones y según la R.A.E. -que son los que saben más de estas cosas-, los asideros de las bolsas.

Es decir, que cada vez que bajas la basura o vas al carrefour y te traes unas cuantas a casa resulta que estas agarrando, sin el menor pudor y con el máximo descaro, un par (o más) de pezones en cada mano. Pues que bien.

Por cierto, y ya que estoy con tan exótico asunto ¿es alguna extraña idea mía o cada vez es más frecuente que los maniquíes tengan pezones? En su acepción más común, digo.

Hasta el lunes.

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Capítulo Milésimo ducentésimo decimoséptimo: “¿Te acuerdas cuando éramos pequeños y viajábamos en autobús al colegio? Yo sacaba el culo por la ventana y tú la cabeza, y todos creían que éramos gemelos”, (Alberto F., 32 años, en paro)

Si la “actitud de prepotencia de los varones respecto a las mujeres” se denomina machismo, y quien la ejerce, machista; ¿cómo se llama la actitud de prepotencia de las mujeres con respecto a los varones?

¿Feminismo?

Y las mujeres que la ejercen… ¿feministas?

En ningún momento afirmo, sólo pregunto.

Y hablando de mujeres, no es que particularmente me importe lo más mínimo, pero ya que una de ellas (en un arriesgado gesto que podría costarle muy caro), se ha atrevido a romper el infranqueable muro de silencio que rodea a las acciones propias del sexo femenino, qué menos que compartir como se merece tan estremecedor testimonio. Por fin, una de ellas se atreve a contar las verdaderas razones por las que las mujeres tardan tanto en mear. Un pequeño paso las féminas, un gran paso para la lógica.

“Mi mamá era una fanática de los baños públicos. De chiquita me llevaba al baño, me enseñaba a limpiar la tabla del inodoro con papel higiénico y luego ponía tiras de papel cuidadosamente en el perímetro de la taza.
Finalmente me instruía: “Nunca, nunca te sientes en un baño publico” Y luego me mostraba “la posición” que consiste en balancearte sobre el inodoro en una posición de sentarse sin que tu cuerpo haga contacto con la taza. Eso fue hace mucho tiempo. Pero aun hoy en nuestros años más maduros, “la posición” es dolorosamente difícil de mantener cuando tu vejiga está que revienta.
Cuando “tienes que ir” a un baño publico, te encuentras con una cola de mujeres que te hace pensar que los calzones de Brad Pitt están a la venta y a mitad de precio. Así que esperas pacientemente y sonríes amablemente a las demás mujeres que también están discretamente cruzando las piernas.
Finalmente te toca tu turno. Verificas cada cubículo por debajo para ver si no hay piernas. Todos están ocupados. Finalmente uno se abre y te lanzas casi tirando a la persona que va saliendo. Entras y te das cuenta que el picaporte no funciona (nunca funciona); no importa…
Cuelgas tu bolso del gancho que hay en la puerta, y si no hay gancho (nunca hay gancho), te lo cuelgas del cuello mientras miras como se balancea debajo tuyo, sin contar que te desnuca la correa que te colgaste al cuello, porque el bolso está lleno de mierdas que fuiste tirando adentro – la mayoría de las cuales no usas, pero que las tienes por si acaso -.
Pero volviendo a la puerta… como no tenía picaporte, solo tienes la opción de sostenerla con una mano, mientras que con la otra de un tirón te bajas las bragas y tomas “la posición”… Alivio…… AAhhhhhh….. Mas alivio… Ahí es cuando tus muslos empiezan a temblar….
Te encantaría sentarte, pero no tuviste tiempo de limpiar la taza ni la cubriste con papel, así que te quedas en “la posición” mientras tus piernas tiemblan tan fuerte que registrarían 8 en la escala de Richter, sin contar la salpicada finiiiiiita del chorro se que pega en la loza y que¡¡¡te moja hasta las medias!!! ¡¡¡que seguramente se va a notar!!!
Para alejar tu mente de esa desgracia, buscas el rollo de papel higiénico, peroooo, joooooder…! el rollo esta vacío…!. Tus piernas tiemblan cada vez más. Recuerdas el pedacito de papel con el que te limpiaste hace un rato la nariz. Eso tendrá que ser suficiente. Lo arrugas de la manera mas esponjada posible. Pero es más pequeño que la uña de tu dedo y encima todavía esta mojado de moco…
En eso, alguien empuja la puerta de tu baño y como el cerrojo no funciona recibes tremendo viandazo en la cabeza. Les gritas caliente:
¡¡¡ OCUPADOOOO !!!”, mientras continúas empujado la puerta con tu mano libre y el pedacito de kleenex que tenías en la mano se te cae exactamente en un charquito que hay en el suelo y no estás segura si es agua o meao…. y te vas de espalda y te caes sentada en el inodoro.
Te levantas rápidamente, pero ya es demasiado tarde, tu culo ya entró en contacto con todos los gérmenes y formas de vida del asiento porque TU nunca lo cubriste con papel higiénico, que de todos modos no había, aún cuando hubieras tenido tiempo de hacerlo.
Sin contar el golpe en la cabeza, el desnuque con la correa del bolso, la salpicada del chorro en las piernas y en las medias, la que te conté, que todavía esta mojada… el recuerdo de tu mamá que estaría avergonzadísima de ti, si supiera; porque su culo nunca toco el asiento de un baño publico, porque francamente, “tu no sabes qué clase de enfermedades podrías agarrar ahí”.
Pero la debacle no termina ahí… ahora el sensor automático del baño está tan confundido que suelta el agua como si fuera una fuente y manda todo al colector con tal fuerza que te tienes que agarrar del tubo que sostiene el papel de baño (cuando hay) por miedo a que te vaya a chupar y vayas a aparecer en la China.
Aquí es cuando finalmente te rindes. Estás empapada por el agua que salió del baño como fuente. Estás exhausta. Tratas de limpiarte con un celofán de uno chicles Adams; luego sales inconspicuamente al lavamanos. No sabes cómo funcionan con los sensores automáticos así que te limpias las manos con saliva, te las secas con una toalla de papel y sales pasando junto a la línea de mujeres que aun están esperando con las piernas cruzadas y en estos momentos eres incapaz de sonreír cortésmente.
Un alma caritativa al final de la línea te dice que vas arrastrando un trozo de papel higiénico (pegado a tu zapato) ¡¡ del largo del río Mississippi…!!…Arrancas el papel del zapato, lo depositas rudamente en la mano del alma caritativa que te dijo que lo traías pegado y le dices suavemente: ¡¡¡ Toma… puedes necesitarlo…!!!” y sales.
En este momento ves a tu chico que ha entrado, usado y salido del baño de hombres y que tuvo tiempo de sobra para leer Guerra y Paz mientras te esperaba. “¿Por qué tardaste tanto?” te pregunta azorado. Aquí es cuando le das una patada en los huevos y lo mandas a tomar por el culo.”

… cinco kilos, un litro

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Capítulo Milésimo centésimo decimonoveno: “El que reclama igualdad de oportunidades acaba exigiendo que se penalice al bien dotado”. (Randall Stuart Newman, 1943; compositor y cantante estadounidense)

Trabajar para el Estado -en alguna de sus múltiples versiones- es lo que tiene. Salvo que aspires a ser subsecretario de algo puedes ir vestido como te de la real gana. Cada mes y tres días hay una moda nueva. Esta semana es que los tíos lleven chaleco. La idea viene del departamento de recursos humanos que es donde descansan todos los que no tienen nada que hacer, lo que les permite pensar mucho.

El chaleco es una prenda que se inventaron los señores con abdomen abundante y que usaban mayormente para que al sentarse a comer no se desparramaran mucho sus estómagos y sus barrigas. El problema del chaleco es que sólo favorece a los que están bien hechos y no tienen mollas, o sea a los que no necesitan chaleco.

- Yo creo que ése debería de venir desnudo a trabajar- le dice Mariasun a su compañera de mesa mientras la porra se chupa todo el café.

- No seas guarra Loli, que siempre estás con lo mismo.

- Seré guarra, pero el tío está para hacerle un traje de saliva.

- Si lleva chaleco, es que es maricón – salta Mariavanesa arrastrando una silla para colocarse en medio de la tertulia y tomar las riendas de la conversación.

-De eso nada. Los maricones van marcando paquete y éste va de tergal.

-Entonces es que la tiene pequeña- sentencia Mariavanesa mientras recoge de su blusa las migas de la palmera de chocolate que se acaba de meter entre pecho y espalda.

-Serás gili, qué sabrás tú que las únicas que has vito son las que salen en la páginas de la internet.

- Loli, pregúntale si lleva calzoncillos cortos o largos, que me muero de curiosidad.

-¿Yo? Qué corte, Mariasun. Pregúntaselo tú.

- Es que igual piensa que me lo quiero tirar o algo.

-¿No dices que te gusta? Pues tíratelo y déjame en paz, por Dios, qué pesada.

Parece que la igualdad entre hombre y mujeres se empieza a notar en el mundo real. De una forma sutil todavía, pero se empieza a notar. Trabajar para el Estado -en alguna de sus múltiples versiones- es lo que tiene. Hasta el lunes.

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Capítulo Milésimo nonagésimo segundo: “El que algo sea cierto no significa que sea convincente, ni en la vida ni en el arte” (Truman Capote, 1924-1984; escritor estadounidense)

Digan lo que digan los diversos gremios, asociaciones, entidades, instituciones, corporaciones, consejerías, institutos, fundaciones, patronatos, y observatorios varios, empeñados en extender la idea de que existe una total igualdad hombre-mujer: no, no somos iguales.

Y ya no hablo físicamente, algo que (digo yo) la mayoría de los que andan metidos en esos fregados ya se habrán dado cuenta (supongo), sino porque todos los estudios demuestran que también en sus respectivas estructuras cerebrales existirán sutiles pero importantes diferencias.

¿Pruebas? Abrumadoras. Bastarán algunos ejemplos de la vida cotidiana para comprobar que, más allá de los factores ambientales o de educación, cada uno de los sexos actuará ante una misma situación de una forma completamente distinta.

Caso uno: infidelidades. Para los hombres nadie pone los cuernos a nadie hasta que se hubiera (o hubiese) consumado un acto sexual completo -mínimo-. La mujeres, en cambio se sentirán culpables sólo porque aquella noche que cenaron en un chino acabaron soñando que eran las protagonistas de una sesión de bukake. Fuerte, sí, pero los sueños, sueños son.

Caso dos: regla de los siete segundos. Para los hombres siempre que se te caiga un trozo de comida al suelo y no pasen más de siete segundos hasta que lo recojas, puedes comértelo sin problemas. En cambio, no encontraremos mujer alguna (ni aún vendiéndole la moto del hambre en el mundo) que sea capaz de hacerlo.

Caso tres: los retretes. Para los hombres, tirar de la cadena sólo es imprescindible (y no siempre) cuando se haya utilizado para sus usos mayores. Las mujeres, en cambio, lo hacen hasta cuando no lo han usado. Incluso la más forofa del cambio climático, la ecología y la salvación de los recursos naturales, no será capaz de pasar delante de un retrete sin vaciar su cisterna.

Caso cuatro: la limpieza. Aunque la moda metrosexual (amariconamiento) ha conseguido que muchos ya dejen de hacerlo, hasta hace poco para la mayoría de los hombres era suficiente darle la vuelta a los calzoncillos cuando intuían que su parte interior podía estar sucia. Y asunto arreglado. En cambio, la constante obsesión por la limpieza que despliegan las mujeres, especialmente en lo que los anuncios de bragas y sujetadores llaman “prendas delicadas” roza lo patológico.

Podíamos seguir, pero después de leer lo que falta mejor me lo reservo. Estamos en Navidad y no quisiera yo morir en vísperas de unas vacaciones. No es un buen momento.

… como hongos.

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Capítulo Milésimo octogésimo tercero: “La mujer que no tiene suerte con los hombres, no sabe la suerte que tiene”. (Petra H., 54 años; soltera con suerte)

Pongamos que -al menos el primer mes- siempre sea él quien invite a las cenas y a las copas. Pongamos que- al menos el primer mes- no haya todavía escapadas románticas de fin de semana a algún hotelito rural de esos que te cobran un riñón por escuchar toda la noche una sinfonía de ladridos y mugidos. Pongamos, que es mucho poner tal y como está la cosa económica, que -al menos el primer mes- él pague el cine, el teatro y las entradas al concierto de El canto del loco. Pongamos. Bueno, pues aún así, tener novio el primer mes le sale por un ojo de la cara a cualquier mujer. Y sin embargo la mayoría erre que erre empeñadas en echárselo. A toda costa.

Sin entrar en mucho detalles, calculemos. Imprescindible durante el primer mes invitarlo alguna vez a casa. Cuando están solas, a las mujeres no les importa que se vean las quemaduras de cigarro en el sofá (incluso presumen de tenerlas delante de sus amigas), o que el único adorno de la mesa sean los ¡holas! atrasados. Pero cuando él va a aparecer algo se apodera de ellas y comienzan a volverse locas poniendo fundas, velas o flores por todos los rincones. Tirando por lo bajo -y sin contar el viaje al Ikea- sumemos los primeros 40 euros.

Por fin llega. Una larga tarde en el sofá con él antes de salir a cenar incluirá, además de caricias y mimos (que son gratis), algo para picar y alguna que otra botellita de vino para animarse. Entre el paté, los pistachos y el rioja pongamos otros 30 euros.

Durante las primeras citas ellas quieren estar irresistibles y, por supuesto, nada de lo que tienen en el armario les sirve ya. Un vestido nuevo -aunque sea de Zara-, un bolso a juego, el cinturón del mismo color.. la lista puede ser interminable. Sumemos, por lo bajo, 120 euros más.

Aparte por imprescindibles: un par de zapatos. La relación zapatos-mujeres es algo que se escapa a cualquier lógica. Y a la mía más. Dejémoslo en pensar que para ellas gastarse 100 euros en un par es toda una ganga. Suma y sigue.

La factura del teléfono. Las estadísticas dicen que durante el primer mes es ella la que llama a él y habla una media de 30 minutos, a lo que habría que sumar las que realizará a sus amigas para contarle lo maravilloso que es él chico de su vida y el coste de los 200 mensajes cortos que, según los estudios, mandan de media. 90 euros más.

Los caprichos para él. Cualquier mujer, a diferencia de casi cualquier hombre, considerará muy importante tener pequeños detalles hacia su recién estrenado novio: comprarle revistas que ella sólo miraría si hubiera fotos de los jugadores en los vestuarios, el último cd de la Shakira.. que a él parece gustar ya que se queda sin pestañear cuando sale por la televisión (incluso cuando no canta), una crema de afeitar que huele a lavanda (y no como la que usa ahora que no huele a nada), una camiseta de marca con el escudo de su equipo de fútbol, o un peluche vestido de Fernando Alonso relleno de bombones. Sirve cualquier gilipollez. Las estadísticas dicen que las mujeres compran durante el primer mes de relación una media de cinco regalos sólo para él. Pongamos otros 180 euros. Ya serán más.

Por supuesto que una no se levanta cada mañana como si fuera modelo de ropa interior. Restaurarse cuesta, y las primeras citas son una buena ocasión -disculpa- para comprobar que esas cremas tan caras que anuncian en las revistas son, de verdad, tan efectivas como dicen. Una situación así bien merece un esfuerzo. Perfumes, maquillajes, depilaciones, cremas. El pellizco más grande para que él lo disfrute. Incluso echando mano del Juteco la cosa difícilmente bajará de los 200 euros.

Ropa interior. Como los zapatos, un capítulo aparte, otro insondable misterio en el que la frase “menos es más” adquiere todo su significado. Cuanta menos tela tenga el tanga más caro será. Sin olvidar que la seda y las puntillas cotizan al alza. Sumemos 80 euros.

Condones. Estamos en las primeras citas, imprescindibles los preservativos. Por supuesto que este apartado debe de correr a cuenta de él, pero es obligatorio que ellas también tengan una caja a mano ante posibles emergencias por aquello de los olvidos. En principio, y antes de comprobar su grado de despiste, podría bastar con una caja. 6 euros.

Total: 846 euros. Tirando por lo bajo y dejando que sea él el que corra con la parte más importante. ¿De verdad que les puede compensar gastarse en un mes casi 150.000 pesetas por tener un tío al lado?

Es más, incluso teniendo ese capricho, y a pesar de que todos conocemos la dificultad que tienen las mujeres en comprender la verdad absoluta que en estas cuestiones representa “en la variedad está el gusto“, ¿no sería mucho mejor emplear ese dinero en alquilar unos cuantos?

Es una idea. Sólo.

… sombrereros locos.

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Capítulo Milésimo septuagésimo: “Hay personas que por mucho que envejezcan, jamás pierden su belleza; solo se les pasa de la cara al corazón.” (Martin Buxbaum 1912, escritor norteamericano).

La mayoría de los estudios ponen el acento en la armonía, pero el canon de belleza se ha transformado en tantas ocasiones que resulta difícil creer que se adapte a un único molde. Lo único seguro es que siempre se ha considerado bello aquello que era escaso. En periodos de hambruna, los cuerpos rollizos eran considerados hermosos; cuando la mayor parte de hombres y mujeres trabajaba en el campo, la palidez constituía un rasgo de hermosura; hoy, cuando todos trabajan en una oficina, resulta deseable estar bronceado; en los años 20 del pasado siglo estuvo de moda el aspecto andrógino, muy acorde con una moral hedonista que toleraba la homosexualidad y la bisexualidad; alrededor de los 50, el ideal eran mujeres pechugonas, puesto que no había nada más importante en la vida que encontrar marido y tener hijos. Hoy en día, la belleza se ha globalizado y los individuos tratan de acercarse al modelo caucasiano, es decir, la belleza anglosajona, que prescinde de viejos, gordos, negros, asiáticos, calvos, bajos y un largo etcétera de rasgos propios de la libertad individual. Una búsqueda para lo que no se encomiendan ni a dios ni al diablo a la hora de usar cualquier método que pueda acercarles a ella.

Pero, en contra de las apariencias, la cirugía plástica no es un fenómeno del siglo XX. Se conservan descripciones de correcciones nasales y tratamientos de cicatrices que se remontan al Antiguo Egipto, y ya en el siglo VII, el médico alejandrino Pablo de Aegina desarrolló un sistema para extraer los pechos a los hombres, cuestión estética por tratados de la época como problema médico. Tampoco es nueva la liposucción, pues Plinio el Viejo, en el primer siglo después de Cristo, ya describe una “cura heroica de la obesidad” al hijo de un cónsul.

Pero a lo que iba que me desparramado. Salvo algunas excepciones y hasta que en el siglo XX y por su falta de autoestima las mujeres se lanzaran en masa a operarse de todo menos del cerebro, todos los pacientes de la cirugía plástica fueron hombres. De hecho, el verdadero motor de la cirugía estética llegó en el Renacimiento con la aparición de la sífilis epidémica, una enfermedad venérea importada del continente americano. La misión de la nueva cirugía decorativa era reconstruir la nariz de los sifilíticos, que quedaba carcomida o desaparecía por culpa de la enfermedad. Una cirugía que se transmitía de padres a hijos con beneficios muy lucrativos y que se guardó en secreto hasta que el profesor Gaspare Tagliacozzi documentó e ilustró por primera vez una intervención nasal en 1597.

Por cierto una operación que, aunque nuca dejó de practicarse, fue prohibida por la Iglesia Católica a la que no le acababa de convencer la idea de que los médicos rectificaran quirúrgicamente las cicatrices y deformaciones que causaba una enfermedad como la sífilis. El Vaticano condenó oficialmente la “cirugía decorativa” -y las lecciones de Tagliacozzi se “olvidaron”- porque eran una interferencia humana en el reino del castigo divino. Pero tranquilos, no voy a ponerme ahora a soltar el habitual sermón sobre esa manía que tienen estos señores en ni vivir ni dejar vivir, o sobre su obsesión por meterse en todo dando opiniones sin que les concierna el tema o sea asunto suyo. Hoy no. Gracias a ellos mañana es fiesta y ese es un regalo capaz de apartar cualquier diferencia. Deberían de pensarse el poner más. Yo al menos les estaría profundamente agradecido. Hasta el lunes.

… más historias “extra-ordinarias” cada día.

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