Capítulo Milésimo cuadringentésimo duodécimo: “Mas ata pelo de coño que maroma de barco”. (Refrán español)

Que las películas porno han marcado más de lo que parece la vida de la gente normal, da buena cuenta la moda que se estableció ya hace algunos años en relación al rasurado de nuestras zonas nobles. Hace unas décadas, a nadie se le hubiera ocurrido pasar ni una simple tijera por semejantes sitios (si acaso algún depilado a la brasileña por aquello del agosto en Benidorm) pero bastó ver aquellas películas, tan llenas de tacones de aguja y collares de perlas como ausentes de pelos, para que se pusiera de moda el criterio capilar que lucían estos grandes genios de la interpretación y virtuosos del dialogo.

Ahora parece que las cosas van cambiando. Dicen que el pelo vuelve. Normal. La ley del péndulo siempre hace de las suyas. Lo que antes era extraño, y por lo tanto atractivo, pasó a ser habitual y ha dejado de ser original. Ya no triunfan los rasurados, ahora triunfan los pelos corto que estén bien cuidados. Lo apuntan algunos especialista en el tema a través de varios artículos publicados en las más prestigiosas revistas del sector.

Y llegados a este punto es cuando me pregunto cómo es posible que gente adulta, a la que se le supone madura y responsable, sea capaz de perder el tiempo con semejantes gilipolleces. Yo el primero.

… más historias extra-ordinarias

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Capítulo Milésimo cuadringentésimo undécimo: “Detrás de cada cursi siempre se oculta un canalla o un embustero” (Carlos Castilla del Pino, 1922 – 2009; psiquiatra español)

El otro día leí la crítica de un pavo animando a sus lectores a probar cierta exquisitez que, recién incluida en la carta de un famoso restaurante, pasaba por ser el sándwich más caro que hasta ahora se había creado.

Será cosa de la costumbre, pero preferir un sándwich de pan de molde, por muy relleno que esté de buey de kobe, trufa blanca, jamón de Jabugo, pollo negro francés y mayonesa casera (eso sí, con nombre propio – platinum club sandwich- y a 150 euros la pieza) a un bocadillo de calamares de (casi) cualquier bar de barrio (sin nombre y a 1,95 euros) es como preferir un Ferrari a un burro.

Parece que algunos hemos nacido para pobres.

… dejarte en la estacada

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Capítulo Milésimo cuadringentésimo cuarto: “Todos deseamos llegar a viejos; y todos negamos que hemos llegado”. Francisco de Quevedo, 1580 -1645; escritor español)

Aunque intento echarle la culpa a mi poca práctica con él (no uso nunca el móvil salvo para casos de urgencia) y a que los simbolitos que salen parecen pintarrajeados por algún artista pismoderno, el caso es que cada vez entiendo peor la pantalla del teléfono. De lo de mandar mensajes mejor no hablo. De un tiempo a esta parte enviar un sms se ha convertido en una competición para ver cuantas teclas soy capaz de pulsar simultáneamente cada vez que intento hacerlo sólo con una. El record está en cuatro y subiendo.

Y es sólo el principio. También se me empieza a hacer muy cuesta arriba leer los prospectos de los medicamentos. Justo ahora que más falta me van haciendo. O incluyen una lupa en cada envase o luego que no se quejen si alguien los demanda y tienen que acabar pagando unos pantalones nuevos sólo porque no pudimos leer que la nueva fórmula del laxante hacía efecto en dos horas en vez de en las doce de siempre.

Lo malo es que el tema sólo puede empeorar. Mal está que no pueda trastear con el móvil sin llamar tres veces a recarga de saldo cada vez que quiero hablar con mi compañerodoméstico; mal está que no me entere de que las pastillas de la tos con sabor a limón son incompatibles con los inhibidores de la mao (que sean quienes sean deben de ser muy suyos porque son incompatibles con todo); incluso puedo vivir en la ignorancia (aunque con sed) al no poder leer por su tamaño las instrucciones de la máquina para sacar un café o una cocacola, pero lo que de verdad me duele (jode) es que, por esta decadencia de presbicia y torpeza directamente proporcional a la edad, tenga que ir continuamente mirando al suelo para evitar caer en un hoyo, tropezar con una baldosa mal colocada o darme de bruces con vallas, farolas, bolardos y cuarenta mil cachivaches más, y no pueda (ad)mirar el habitual esplendor que empiezan a desplegar al llegar la primavera los camisetas tres tallas menos (y su culo correspondiente incluido).

O quitan farolas o quitan tíosbuenos, las dos cosas a la vez no… que nos vamos a matar.

… ceporro

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Capítulo Milésimo tricentésimo nonagésimo primero: “Semen retentum venennum est” (Refrán latino)

En las cosas de la copulación y sus alrededores no hay discusión posible: cada persona es un mundo (y a ti te encontré en la calle). Mientras los participantes sean mayores de edad y lo hagan de una forma voluntaria (y consciente) están en su perfecto derecho de hacer lo que mejor les parezca. Ya sean seguidores del antes muerta que sencilla o lo sean de la extravagancia más insulsa del mundo.

Y mira que las hay insulsas. Porque, a ver, es lógico que a un interesado en el tema, algo tan soso como es ponerse de receptor pasivo a practicar bukkake le pueda producir un placer de la leche (evidente) , pero se me hace más difícil entender, por ejemplo, que clase de placentera sensación podía obtener Salvador Dalí cuando, según cuenta su amigo Luis Buñuel, su máximo grado de excitación sexual lo obtenía al llevarse a varias chicas a su piso, hacer que se desnudaran, ponerles un huevo frito en cada hombro y echarlas a la calle.

Para gustos, colores.

… polígrafos

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Capítulo Milésimo quincuagésimo quinto: Cuando se cierra una puerta a la felicidad, se abre otra; pero a menudo nos quedamos tanto tiempo mirando la puerta cerrada que no vemos la que se nos ha abierto”. (Hellen Keller, 1880 – 1968, escritora, activista, y oradora estadounidense sordociega).

El otro día alguien me preguntó si me gustaba el lujo. Dado que mi carácter me hace huir como alma que lleva el diablo del despilfarro, de los excesos y de toda apariencia opulenta, brillante o lujosa (mi sueño infantil era ser invisible y aún, a estas alturas, no pierdo la esperanza de llegar a conseguirlo) mi primera contestación fue un no rotundo. Al cabo de un rato, me di cuenta de que mi respuesta fue muy precipitada. Había asociado el lujo con el significado más habitual: la ostentación de la riqueza, los objetos caros, las marcas selectas o los lugares innecesarios para la mayoría. Si hubiera meditado un poco más me habría dado cuenta de que el lujo no es sólo poseer coche, joyas, yates o mansiones. Hay una segunda acepción de la palabra que supone disponer de abundancia de tiempo y poca necesidad de dinero. Al fin y al cabo, el lujo supremo es tener la libertad necesaria para elegir lo que te gusta y rechazar lo que te disgusta, decir lo que piensas, vestir como quieres y hacer en cada momento lo que consideras más oportuno.

No tuve en cuenta que hay lujos y placeres nada sofisticados, tan sencillos y baratos como darse un baño relajante, un paseo por el campo, caminar descalzo por la tierra húmeda o dormir una buena siesta. Y no sólo son lujos esos tópicos a los que siempre echamos mano cuando nos ponemos cursis contando las virtudes de contemplar el fuego, escuchar el ruido del agua, oler el aroma de una flor o comer fruta recién cogida del árbol. También pueden ser placeres refinados -y al alcance de cualquiera- nuestras rutinas más cotidianas: despertar un domingo y asomarte a la ventana para contemplar a la gente, salir a comprar el pan recién hecho para untarlo después con mermelada de calabaza (la de Helios es insuperable) y beber un buen tazón de café con leche, mientras hojeas perezosamente el periódico al sol de mediodía, o, si es invierno y hace frío, abrigarte con un suave jersey de lana o meterte en la cama caliente y leer un libro hasta que entras en calor y el sueño te derrota.

Es así, el placer no es un asunto de propiedades o conquistas. Se acerca más a un estado de ánimo que tienen mucho que ver con la tranquilidad, la confianza, el propio sosiego y el de cuantos nos rodean. Lo que más nos aleja de él, en consecuencia, es todo aquello que produce confusión, envidia o remordimiento.

Sí, me gusta el lujo. Ya lo dijo Sócrates (que a su vez lo tomó prestado de un graffiti en las paredes del templo de Delfos): “conócete a ti mismo, y lo demás irá sobre ruedas”.

… refugios albaneses.

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