Capítulo Milésimo cuadringentésimo nonagésimo octavo: “Órgano que no se usa se atrofia” (Refrán castellano)

Dicen que en las próximas generaciones se ira desarrollando el dedo pulgar por el uso que le damos al móvil. No lo tengo yo tan claro. Hay otras cosas que toqueteamos compulsivamente y no se han desarrollado ni patrás.

Un tontería, lo sé, pero es que sigo con trabajo, con mucho trabajo.

Por cierto, hablando de trabajo y de cosas que nos toqueteamos; ya que desde pequeños (-con una especial insistencia en la adolescencia-) se empeñan en preguntarnos en qué vamos a trabajar -”¿qué quiere ser de mayor, qué quieres ser de mayor?“-, podían avisarnos para que aprovechemos ese momento… que bien que se callan que anda a más de 40 euros la paja en los donantes de semen. De lujo hubieran estado los 120 euros diarios que podía haber sacado entonces. Mala conciencia de dinero tirado por el retrete… con lo bien que hubiera venido para trabajar ahora menos.

seguros contra extraterrestres

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Capítulo Milésimo cuadringentésimo vigésimo primero: “La distinción que encontramos en el infortunio es tan grande que si le decimos a alguien: “!Pero que feliz es usted”, por lo general protesta”. (Friedrich Nietzsche, 1844 – 1900; filósofo alemán)

En muchos tratados sobre el asunto se habla del labio superior de la mujer como una de sus zonas más erógenas. Incluso se hace referencia a cierto canal nervioso que lo une directamente con el clítoris. Hasta en el kamasutra se detalla lo extremadamente placentero que puede resultar un beso en el que el hombre estimula el labio superior de su compañera, mordiéndolo y succionándolo levemente mientras ella juega con el labio inferior de él. No, si por algo el hombre es el animal más besucón del mundo. Con diferencia.

Y eso que no siempre ha sido así. El beso, tal y como lo entendemos ahora, no formó parte del cortejo amoroso hasta el renacimiento, y no sería hasta varios siglos después, en la década de los treinta del siglo XX, cuando se empezó a extender a partir de una comunidad, la de Maraichin, en Bretaña.

Porque antes la historia era muy otra. Había quienes lo ignoraban completamente, como los egipcios (por lo que se puede deducir que entre los tipos de fluidos que intercambiaban Marco Antonio y Cleopatra no estaba precisamente la saliva) hasta quien le sacaba unos usos bastante menos lúbricos. Así, mientras en la antigua Grecia las mujeres comprobaban con un beso de tornillo si sus maridos se habían pasado por la taberna del ágora antes de llegar a casa, los indios de Tierra de Fuego, que desconocían el vaso, usaban el beso para beber, pasándose el agua de unos a otros. Mira si no podían haber aprovechado el tema ya metidos en harina. Para que luego digan que los antiguos no eran raros.

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Capítulo Milésimo tricentésimo octogésimo sexto: “La arena del desierto es para el viajero fatigado lo mismo que la conversación incesante para el amante del silencio” (Proverbio persa)

En cierta ocasión, una mujer preguntó al célebre inventor Edison: “¿es cierto que usted ha inventado la primera máquina que habla?”. “No, señora, la primera máquina parlante la construyó Dios con una costilla de Adán. Yo he inventado la primera máquina a la que se puede parar mientras habla”.

Estaba yo pensando que con la de órganos inútiles que hay en el cuerpo (para qué coñe sirve el dedo pequeño del pie, por ejemplo) por qué no se nos ha desarrollado todavía algún tipo de botón on/off con el que se pueda desconectar a tanto parlanchín de verborrea descontrolada y que a la menor se empeña en contarte su vida.

Cosas así hace que te replantees lo de la evolución.

… pasión animal

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Capítulo Milésimo tricentésimo duodécimo: “Es más fácil amar a la humanidad en general que al vecino” (Otfried Höffe, 1943; filósofo alemán)

Las ostras pueden cambiar de sexo varias veces en su vida. Todo depende de la cantidad que haya de un mismo sexo: si proliferan las hembras, la mitad se vuelven machos y, la temporada siguiente, si hay muchos machos, se vuelven hembras.

Y luego venga a decir que la especie más evolucionada es la humana. Desde luego no será en algunas cosas.

Hasta el martes pues.

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1261. Lunes, 29 septiembre, 2008

Septiembre 28, 2008

Capítulo Milésimo ducentésimo sexagésimo primero: “Nunca he podido entender porque una persona se pasa dos años escribiendo una novela, cuando puede comprar una por 10 dólares”. (Fred Allen 1894 -1956: escritor norteamericano)

Dicen los libros que los seres vivos son capaces de adaptarse al medio en que viven, que son capaces de modelar sus órganos según su modo de vida ajustándolos al ambiente en que se mueven realizando, a lo largo de miles de años, adaptaciones que aseguran el éxito de cada especie en su ambiente y estilo de vida.

Es decir, que las plantas y los animales -para lograr su supervivencia- modifican sus órganos en función de las necesidades hasta conseguir hacer su vida más práctica.

Si esto es así -que será- ¿por qué %$##& seguimos teniendo una vejiga tan pequeña? ¿Tantos años de evolución no podían haber conseguido ampliar un poco el asunto de la capacidad mingitoria evitando así tener que estar cada tres horas buscando desesperadamente un retrete en el que aliviarnos?

Ayer por la mañana, y en una visita al rastro, pude comprobar -en primera persona- la mierda de adaptación al medio que todavía tenemos para ciertas cosas.

… abejas

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Capítulo Milésimo centésimo quincuagésimo séptimo: “Aquí vendemos el calmante más antiguo del mundo” (Cartel colgado en el escaparate de una tienda de mecedoras).

Tenemos cinco dedos en cada mano. Y, aunque forzando la cosa, cada uno de ellos acaba entrando en los agujeros de nuestra nariz (quien más y quien menos está acostumbrado a meter cosas grandes en agujeros pequeños) sólo el meñique lo hace desahogadamente.

Teorías del por qué esto es así hay tantas como investigadores han sido capaces de perder su tiempo estudiando tan apasionante tema. Una de las que tiene más seguidores es la que afirma que el dedo meñique no ha crecido tanto como los demás porque si lo hiciera dejaría de cumplir la función para la cual está destinado: la higiene nasal.

Los defensores de esta hipótesis cuentan con un argumento de peso: la selección sexual favoreció a quienes tenían el dedo meñique con un calibre capaz de entrar sin dificultad en las fosas nasales. Según distintos estudios, las mujeres del Pleistoceno podrían haber preferido aparearse con los hombres de meñique pequeño ya que así ellos podían hurgarse las narices y mantenerlas más fácilmente limpias, algo que consideraban un detalle de buena salud a la hora de buscar al padre de sus hijos.

Ellas siempre eligiendo en función del tamaño. Luego dirán que no les importa. Ya.

… Dios, el ordenador.

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Capítulo Milésimo centésimo vigésimo tercero: “Imagina y vencerás” (proverbio chino)

Cuando me enteré hace un par de años de la idea aplaudí con las orejas. Un grupo de creadores había realizado una colección de batas de médicos. Me contaron que, en principio, estaban sólo diseñadas para esos payasos de profesión que visitan a los niños enfermos en los hospitales. Sin embargo, pensaba yo que dado que ambas profesiones se parecen como dos gotas de agua, y que la mayoría de las veces resulta casi imposible distinguir si estás hablando con un médico o con un payaso, la globalización acabaría por triunfar y desaparecerían para siempre el aburrido y amorfo blanco de las batas médicas.

Sigo a la expectativa. No pierdo la esperanza. Pero por ahora parece que la única manera de distinguir a un médico de un payaso va a seguir siendo por el color de su bata.

… efecto al balón.

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Capítulo Milésimo centésimo séptimo: “Sólo avanzada ya mi vida me di cuanta de cuán fácil es decir “no lo sé” (William Somerset Maugham, 1874 -1965; novelista, dramaturgo y escritor de cuentos británico)

Después de leer este párrafo,

… llevo un buen rato preguntándome si el que no existan noticias de nadie que haya sido ni tan siquiera acusado de delito semejante puede ser debido a que alguien se tomó la molestia de derogar la ley o que, tal y como están los tiempos, ya hace algunos cientos de años que nadie es capaz de incumplirla. Por mucho que se lo proponga.La especie humana se debilita, evidentemente.

… serpientes multiculturales.

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Capítulo Milésimo centésimo sexto: “Adopta el paso de la naturaleza: su secreto es la paciencia” (Ralph W. Emerson, 1803-1882; escritor estadounidense)

Hay una planta trepadora, la enredadera de la Pasión, cuyas hojas son una verdadera exquisitez gastronómica para ciertas mariposas. Bueno, exactamente para las mariposas no, más bien para las orugas que más tarde se convertirán en mariposas. Para defenderse de bichitos tan glotones la enredadera sintetiza un veneno natural, una especie de ácido cianhídrico, que evita que los insaciables gusanos acaben con sus hojas. Con el tiempo han aprendido que si las comen mueren y, por la cuenta que les tiene, no prueban bocado.

Pero hete aquí que una subespecie de mariposa, la Heliconius, algo más lista que las demás, se ha hecho resistente contra ese veneno, de modo y manera que la muy ladina pone sus huevos en la enredadera sabiendo así que a sus hijas orugas no sólo no les va a faltar comida para pegarse los atracones que quieran en cuanto salgan de los huevos sino que, además, ninguna otra oruga que no sea de la familia les hará la competencia.

Claro que tampoco la planta de la Pasión se ha quedado con las hojas cruzadas ante la escaramuza de la Heliconius, ¡faltaría! y se ha buscado una sutil forma de contraataque. Resulta que las orugas Heliconius, como muchas otras orugas, son carnívoras y además de engullir las hojas de la planta, se tragan todo lo que se les ponga por delante, incluidas otras orugas más pequeñas. Para evitar estos problemas, las madres mariposas ponen los huevos lo más aislados posibles, de uno en uno y siempre separados por el suficiente espacio para que la primera oruga que aparezca no devore a las que empiezan a nacer después. Y es precisamente esa condición la que aprovecha la planta de la Pasión para defenderse realizando una verdadera obra maestra de falsificación natural: llena sus propios tallos de diminutas protuberancias de color amarillo y punta traslúcida en una copia perfecta de los huevos que pondría la mariposa. Así, cuando la Heliconia se encuentra que todo el espacio de la planta está ya ocupado por los huevos de otra de sus congéneres, se marcha rapidamente a buscar enredaderas más despejadas.

La historia podría quedarse en un bonito y hasta enternecedor cuento sobre los desvelos de las plantitas y los bichitos para sobrevivir, pero como ayer cuando estaba leyendo la historia debía de tener el momento metafísico de la tarde (por algo tenía de fondo en la televisión a a Bob Esponja), acabe pensando en por qué si la naturaleza se toma tanto trabajo en diseñar estrategias de supervivencia en una simple planta, se ha olvidado de hacerlo en los que tan pomposamente nos definimos como hombres pensantes. Si un maldito vegetal es capaz de organizarse la vida tan ricamente (y tanto la mariposa como la enredadera parecen saber a la perfección lo que les conviene) ¿por qué nosotros, supuestos reyes de la creación, nos montamos tan rematadamente mal nuestra existencia?

Al menos saqué una cosa clara: somos bastante más tontos que un simple hierbajo trepador.

… cremalleras.

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