Capítulo Milésimo cuadringentésimo vigésimo primero: “La distinción que encontramos en el infortunio es tan grande que si le decimos a alguien: “!Pero que feliz es usted”, por lo general protesta”. (Friedrich Nietzsche, 1844 – 1900; filósofo alemán)

En muchos tratados sobre el asunto se habla del labio superior de la mujer como una de sus zonas más erógenas. Incluso se hace referencia a cierto canal nervioso que lo une directamente con el clítoris. Hasta en el kamasutra se detalla lo extremadamente placentero que puede resultar un beso en el que el hombre estimula el labio superior de su compañera, mordiéndolo y succionándolo levemente mientras ella juega con el labio inferior de él. No, si por algo el hombre es el animal más besucón del mundo. Con diferencia.

Y eso que no siempre ha sido así. El beso, tal y como lo entendemos ahora, no formó parte del cortejo amoroso hasta el renacimiento, y no sería hasta varios siglos después, en la década de los treinta del siglo XX, cuando se empezó a extender a partir de una comunidad, la de Maraichin, en Bretaña.

Porque antes la historia era muy otra. Había quienes lo ignoraban completamente, como los egipcios (por lo que se puede deducir que entre los tipos de fluidos que intercambiaban Marco Antonio y Cleopatra no estaba precisamente la saliva) hasta quien le sacaba unos usos bastante menos lúbricos. Así, mientras en la antigua Grecia las mujeres comprobaban con un beso de tornillo si sus maridos se habían pasado por la taberna del ágora antes de llegar a casa, los indios de Tierra de Fuego, que desconocían el vaso, usaban el beso para beber, pasándose el agua de unos a otros. Mira si no podían haber aprovechado el tema ya metidos en harina. Para que luego digan que los antiguos no eran raros.

… más “historias extra-ordinarias”

Todos los “capítulos” de “tantos hombres y tan poco tiempo

Capítulo Milésimo tricentésimo nonagésimo noveno: “Evita la conversación de aquellas personas cuya palabra, en vez de ser trabajo, es placer. Los grandes parlanchines suelen ser espíritus refinadamente egoístas, que buscan nuestro trato, no para estrechar lazos sentimentales, sino para hacerse admirar y aplaudir”. (Santiago Ramón y Cajal, 1852 – 1934; médico español)

En una de sus habituales audiencias, Felipe II recibió a dos comisarios de una comunidad que iban a pedirle cierta merced. Uno de ellos era un charlatán y habló tanto que Felipe II cogió un soberano dolor de cabeza. Terminada la perorata, la educación obligó al rey a preguntar: “¿tienen algo más que añadir?”, a lo que el otro comisionado dijo: “Señor, nuestros superiores nos han encargado que, si no nos concede lo que pedimos, mi compañero le repita su discurso de la primera a la última letra”. Divertido por la amenaza, Felipe II accedió a la petición.

Todos los que de una u otra manera tenemos que trabajar tratando/aguantando gente, padecemos varias veces al día a alguien intentando poner en práctica el truco que le gastaron al monarca. Pero ni somos reyes ni, sobre todo, cobramos lo que ellos.

¿Cuándo se va a enterar el personal que el “tiene algo más que decirme” no es más que una pregunta retórica?

… rocambolesco

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Capítulo Milésimo tricentésimo septuagésimo sexto:”Mala cosa es tener un lobo cogido por las orejas, pues no sabes cómo soltarlo ni cómo continuar aguantándolo”. (Publio Terencio Afer, 195 aC – 159 aC.; cómico latino).

Huevón. Huevazos: individuo tranquilo y torpe cuya cachaza y escasa actividad exaspera a quien lo trata. Se predica también del bobalicón y del sujeto sin reflejos, de reacciones lentas, así como del calzonazos. El huevón y huevazos es el resultado de mezclar un tonto con un pasmarote, fruto de cuya unión es el “tonto los huevos”, dicho así por tenerse en mente los testículos, zona a la que se alude en metáfora porque, en opinión del vulgo, la tranquilidad de estos individuos contribuye a engordarles esas piezas.

De lo que se puede deducir (que para eso el vulgo siempre tiene la razón -democráticamente hablando-) que, insultos aparte, los más bobalicones, lentos y torpes son los que más grandes los tienen.

Y yo pensando que la mayoría de mis jefes no servían para nada. ¡Qué cosas!

… el sobrepeso de la Tierra

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Capítulo Milésimo tricentésimo septuagésimo primero: “ Los lunes ni las gallinas ponen” (Refrán español)

Tiene toda la razón mi sobrino, basta con oír recitar a un francés (de Francia, país) aquello de “el perro de san roque no tiene rabo…” para darse cuenta de por qué al francés (no país) se le llama francés. Cualquiera que diga algo en tales circunstancias clava el acento. Lo que sabe esta juventud de ahora, jo.

De todas formas ni caso. Es lunes.

… vinilos

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Capítulo Milésimo tricentésimo sexagésimo octavo: “Bombin es a bombón, como cojín es a X. A nosotros nos importa tres X que nos cierren la edición” (La Codorniz)

Mi padre compraba La Codorniz. Siendo la revista más audaz para el lector más inteligente era normal que, a pesar de poner todo mi empeño en entender aquellos dibujitos que tanto le divertían a mi señor padre, no me enterara de nada. Sin embargo, hubo dos cosas de aquella revista que se me quedaron grabadas, una fue la enorme y laaaaaaaaarga carcajada de mi hermano viendo la noticia (a la que yo no le veía ninguna gracia) de un cura que había visitado el pueblo navarro de Pitillas bajo el flamante titular de “El obispo se fue a Putillas”, y otra aquel número de un 28 de diciembre, hoy pagado a precio de oro, en el que la portada era un dibujo de Mingote que representaba un tren entrando en un túnel, luego 20 páginas en negro y en la contraportada el tren saliendo del túnel.

La mejor definición de lo que es, mismamente, un lunes.

… pamplinas

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Capítulo Milésimo tricentésimo sexagésimo quinto: “No hay mejor cosa que terminar de acostumbrarse a que todo anda mal, para empezar a ser feliz” (Mafalda, 1964, estudiante argentina)

Puñetas: bordados y puntillas que adornaban mangas y cuellos de las ropas elegantes allá por el siglo XVI y que, dada su confección artesana y laboriosa, solían hacerse en conventos apartados. De ahí que mandar a alguien a hacer puñetas sea como enviarlo metafóricamente lejos de donde está.. y por mucho tiempo.

Joder la marrana: modismo referido a quien para fastidiar (segunda acepción de la palabra joder) ponían palos en la marrana o eje de la rueda de la noria, así llamada porque al girar suena como el gruñido del animal.

Si me hubieran dado medio euro cada vez que me han mandado a hacer puñetas por estar jodiendo la marrana, hace tiempo que ya estaría en los primeros puestos de la Forbes.

… aliviando el apretón

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Capítulo Milésimo tricentésimo sexagésimo tercero: “Cada cosa tiene su belleza, pero no todos pueden verla” (Confucio (Kung-Fu-Tsé -Confucio-, 551-479 a.C.; filósofo, legislador y estadista chino)

La ceguera fue uno de los males más extendidos en la Edad Media, debido a la falta de higiene de quienes sufrían enfermedades venéreas.

Es decir, que la mejor manera de evitar la ceguera, al menos en aquella época, era haciéndoselo (única y exclusivamente) con uno mismo. Justo lo contrario de lo que se empeñaban en contar.

Yo creo que lo hacían a propósito.

… boca de ganso

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Capítulo Milésimo tricentésimo sexagésimo primero: “Una lengua aguda es el único instrumento de corte que se afila por el uso corriente” (Washington Irving, 1783-1859; escritor estadounidense)

Cuenta el libro bíblico de los Números que, para que los israelitas no olvidaran los favores concedidos, se les colocaron cintas de color azul en los mantos. De ahí derivó la creencia de que una cinta azul remediaba ciertos males y otorgaba protección. Por eso, y en calidad de talismán, durante siglos se ha colocado algo azul en los ropajes de los bebés del sexo que (digan lo que digan) siempre ha sido el más deseado: los varones.

En cambio el uso del tono rosa para las niñas es mucho más reciente. Se refiere a la leyenda que asegura que las niñas son flores que nacen bajo los pétalos de las rosas, asociando dichas flores con Venus, la diosa del amor, por su hermosura y su dulce olor, cualidades perfectamente atribuibles a las niñas recién nacidas.

Hablando de colores está claro quien ha pintado más (y quien ha sido un mero adorno) en la historia de la humanidad.

Dicho lo cual, y ante los más que previsibles insultos hacia mi misoginia crónica (qué fácil es meterse con un enfermo… pero qué fácil) que podrían desatarse ante cualquier comentario adicional por mi parte sobre tan curiosa y colorida historia, casi mejor lo dejo aquí.

… una tripulación sigular

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Capítulo Milésimo tricentésimo quincuagésimo octavo: “Por más aguda que sea nuestra vista jamás podremos vernos la espalda” (Proverbio chino)

Ni inglés ni leches, en un mundo cada vez más globalizado el sentido práctico se impone. Ahora lo que triunfa es la señalética, una herramienta de comunicación que no es precisamente nueva (los egipcios ya trasteaban con jeroglíficos y los chinos construyen su lengua mediante pictogramas) pero que gracias a su esquematismo, a su vocación universal y, sobre todo, a su demostrada utilidad, está más en auge que nunca. ¿Cómo íbamos a poder salvarnos de morir por un pisotón de elefante en Holanda sin la correspondiente señal que nos avisara del peligro? ¿O cómo íbamos a evitar atropellar a una familia completa de las muchas que deben cruzar andando por las carreteras de California si nadie nos avisara antes? El caos.

… cortadoras de césped

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Capítulo Milésimo tricentésimo quincuagésimo séptimo: “El que hace el burro no debe extrañarse que los demás se suban encima” (Proverbio lituano)

En los Archivos Históricos Aragoneses consta la historia de un tal Juan María Zaragoza, condenado a servir en la Marina por mantener, allá por el año 1883, un apasionado romance con una mula.

Lo más curioso del tema es que no fue castigado por la relación, sino porque no hizo caso de ninguno de los tres apercibimientos que le efectuó el dueño del animal, empeñado en que dejara en paz al bicho a pesar de que un muy enamorado señor Zaragoza le había ofrecido, sin ningún éxito, todo cuanto tenía sólo para poder estar junto al amor de su vida.

Por muy dueño que fuera de la mula no tenía ningún derecho a interponerse en la relación y destrozar así una pasión. !Hombre ya!, que algunos son como el perro del hortelano-

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