Capítulo Milésimo cuadringentésimo trigésimo: “La mitad de la belleza depende del paisaje, y la otra mitad del hombre que lo mira”. (Lin Yutang, 1895-1976; escritor chino)

Idea/aviso al Ministerio de Igual-dá: debería de ponerse manos a la obra para promover con carácter de urgencia (por realdecreto o por lo que sea) medidas que homologuen las actitudes y comportamientos durante el visionado en grupo de las películas… llamémoslas X. En pocas situaciones se produce un desigualdad tan brutal entre hombres y mujeres como en estas circunstancias.

Independientemente de la calidad del guión, de la interpretación de los actores o del alto presupuesto del vestuario, cuando son varios los tíos que están viendo semejante acontecimiento cinematográfico, los comentarios más habituales serán del tipo: “¿Pero cooooño.. eso se puede hacerrrrr?”. “Huyyyy, voy a decírselo a la mariajesús a ver si se anima que a ella por ahí no le entra ni el bigote una gamba” (por cierto… ¿cuántos bigotes le entrarán a él?), seguido de unas cuantas risotadas, un gracioso apostillando que sí, que es verdad, que a la suya por ahí no le entra ni un pedo a martillazos, algún que otro berrido, y los habituales y discretos -a la par que elegantes- comentarios sobre los (dos) apéndices mamarios de las artistas en pantalla. La parte intelectual la suele poner el enterado de turno (en estas tertulias siempre hay un enterado de turno) que no sólo dice haber visto la película cinco veces, sino que él –faltaría- ya ha hecho lo mismo que se ve en cada escena mucho antes de que la rodaran… y con tías mucho mejores. Completa el panorama uno al que llaman el tímido porque siempre se tapa con el cojín (¿por qué se llamará cojín si siempre es más grande que un cojón?) no sea que cuando salga el policía se empiece a fijar demasiado en su porra, sus “amigos” se den cuenta y tenga que ponerse a redecorar su vida.

En cambio, si son ellas las que se reúnen a contemplar el evento cultural, sus comentarios van a ser completamente distintos. Primero, nada de enteradas. Ninguna de ellas, por más progre, moderna o viajada que sea la habrá visto antes. Además, y como mujeres que son, hacen honor al alma y a la sensibilidad femenina y se van más al detalle. “Tía, ¿pero has visto como le cuelgan los pellejos del brazo? Aaaanda ya, si tiene hasta estrías”. “Y yo no sé como puede hacer todo eso con esos taconazos, tía… estoy segura que no llega al metroymedio, que en estas cosas engañan mucho”. “Pues lo de él no sé, pero lo de ella es operado fijo, ¡qué fuerte!, pero si se le nota a la legua, tía.”

Fase que suele acabar cuando todas ellas se ponen de acuerdo en una cosa: “claro, tías, es que con ese maquillaje hasta yo estoy buena” (por cierto, que alguien debería de decirles a las mujeres en general que el maquillaje… maquilla, punto), verdad absoluta (lo de que ellas también estarían buenas) que es compartida y celebrada ¡de forma sincera! (algo que aún estudian los científicos del mundo) por todas las presentes, y que da paso a una segunda tanda de comentarios, que, siguiendo con el alma y la sensibilidad femenina, se centrarán en mostrar su solidaridad con las personas –mujeres- de su mismo sexo: “La muy zorra , pues más le valdría que estuviera fregando.”. “Di que sí, que se gana dinero así muy fácil, pero habría que verla trabajando…”. ”Ya te digo…eso lo podemos hacer todas y mucho mejor pero hay que tener un poco de dignidad”. “Mírala, pero si le está gustando.. yaaaaa, esta seguro que nació en la calle Zorrilla, luego dicen que tal la muyyy…” O una que nunca he entendido muy bien pero que es de las pocas que no suelen faltar: “Pero… tú has visto la pinta de guarra que tiene la tía”. A verrrrr, es una peliporno.. qué quieren… que las vistan de lagarteranas? Mañana más. Espero.

… perros y gatos

Todos los “capítulos” de “tantos hombres y tan poco tiempo

Capítulo Milésimo tricentésimo décimo: “Ganamos justicia más rápidamente si hacemos justicia a la parte contraria” (Mahatma Gandhi, 1869-1948, líder del nacionalismo indio)

Aunque los incas no tenían un sistema de escritura tal y como lo entendemos hoy, disponían de un eficaz sistema de registro conocido como quipu, término quechua que significa nudo. Los quipus eran cuerdas de algodón (y en ocasiones lana) anudadas que los soberanos incas utilizaban para supervisar y controlar los impuestos, la población, la actividad militar y la economía. Además de contener información estadística, los quipus eran también instrumento para conservar relatos, mitos, poemas y la historia de su pueblo.

Las personas responsables de codificar y descodificar la información eran conocidos con el nombre de quipucamayoqs (“hacedores de nudos”), y había equipos de mensajeros que transportaban raudos los quipus de una ciudad a otra, llegando a cubrir hasta 240 kilómetros en un día. El color, el tipo de nudo y su ubicación en la cuerda eran factores significativos en la interpretación de los mensajes. Por ejemplo, el rojo se refería al ejército y el blanco indicaba paz.

Sólo un puñado de quipus sobrevivieron a la conquista española, pues los sacerdotes católicos los consideraban obra del demonio.

Mira que me ha recordado a mí esta historia de los quipucamayoqs a la de los actuales curritos que se dedican a la informática. Salvo por el final… Por ahora.

… demasiado frío para nevar

Todos los “capítulos” de “tantos hombres y tan poco tiempo

Capítulo Milésimo centésimo nonagésimo tercero: “El que sabe que suficiente es suficiente siempre tendrá suficiente. (Lao-Tsé, 570- 490 a. C.; filósofo chino)

Hay preguntas de esas tópicas que uno nunca entiende por qué la gente no contesta con lógica, por ejemplo ¿qué te llevarías a una isla desierta?, pues está claro: un barco; o esa otra de ¿qué tres deseos le pedirías a un genio? lógicamente con uno que dijera que a partir de entonces se cumplieran todos los demás, digo yo que estaría más que solucionado. Y todavía sobraban dos.

Ocurre igual con ¿cantidad o calidad? La respuesta no puede ser más evidente: las dos cosas. Y que nadie diga que es imposible, la calidad se puede aprender, un poco de paciencia y mucha práctica son técnicas que no fallan. En cuanto a la cantidad, ningún problema. Hoy, en peluche práctico, y directamente de los libros más antiguos y sagrados del hinduismo, los vedas, destripamos el método que usan sus grandes próceres para conseguir un pene más largo, flexible y resistente. Un pene de los más pinturero en tan solo dos pasos. ¿Alguien da más?

- Paso primero: restriéguese el miembro con las púas de ciertos insectos que viven en los árboles. (He preferido omitir públicamente el nombre del bichito en cuestión en previsión de su más que posible caza indiscriminada)

- Paso segundo: úntese con aceite diez noches seguidas.

Transcurrido este tiempo hay que repetir el paso primero y el segundo hasta conseguir el tamaño deseado. Una vez alcanzado, el individuo en cuestión ha de colocarse boca abajo e introducir el miembro a través de un agujero previamente cavado en su casa.

Y a disfrutarlo todos. ¿Fácil no? Hasta el lunes.

… más “historias extra-ordinarias” todo el fin de semana.

Todos los “capítulos” de “tantos hombres y tan poco tiempo

Capítulo Milésimo centésimo nonagésimo segundo: “Para los políticos, todo inferior es un esclavo, todo igual un enemigo y todo superior un tirano” José Cadalso, 1741-1782; escritor español)

Etimológicamente la palabra “cónyuge” proviene de “yugo”, nombre de un apero de labranza con el que se solían sujetar a los dos animales que tiraban del arado y que les obligaba a realizar todas las tareas en común sin posibilidad alguna de separarse.

Etimológicamente el vocablo “trabajo” proviene del término latino “tripalium”, palabra usada para designar un caballete utilizado para torturar y azotar a los acusados.

Así, ambas cosas se entienden mucho mejor.

… El Jardín de las Delicias.

Todos los “capítulos” de “tantos hombres y tan poco tiempo

Capítulo Milésimo centésimo nonagésimo primero: “Los hombres más leales, más sinceros, más nobles, más candorosos y más buenos del mundo se los encontró el capitán Cook en Oceanía; pero estos hombres tenían un defecto: eran antropófagos” (Julio Camba, 1882-1962; periodista y escritor español)

Cuando Conrado III de Alemania puso sitio a la ciudad de Winsberg, que le había salido güelfa al pobre, anunció que pasaría a cuchillo a todos sus habitantes. Pero cuando al fin la ciudad fue obligada a rendirse por falta de víveres (1138) condescendió el rey a dejar salir a las mujeres, aunque sin otro equipaje que “las prendas que más estimaran”.

Se abrieron las puertas de la ciudad y empezaron a salir las señoras; la primera, la condesa Ida llevando a cuestas al conde Wëlf VI de Babiera , lo que dejó asombrados a los sitiadores, no porque una señora tan principal hiciera de porteadora sino porque “la prenda que más estimaba” la condesa resultó ser, además de su marido (algo que ya de entrada extrañó y mucho) otros dos mozalbetes aferrados desesperadamente a las lustrosas carnes de la señora condesa, unas carnes que, por cierto, parecían conocer a la perfección.

Las demás mujeres llevaban de igual forma a sus padres, hijos, prometidos, amantes. Era un espectáculo conmovedor. Hubo una mujer vigorosa que sacó bajo un brazo a su marido, bajo el otro a su amante y a la espalda a su cuñado viudo. Muchos esposos encaramados a la espalda de su señoras tuvieron que acceder a que un joven atlético, desconocido por ellos hasta el momento, se encaramara a su vez en sus propias espaldas antes de que la mujer accediera a partir. Algunas puestas a elegir, dejaron en tierra al marido, sugiriéndoles que cargara con ellos la madre que lo parió. Por salir, salieron hasta hombres disfrazados de mujer acarreando a muchachos de aspecto delicado y modales exquisitos.

En fin, fue una jornada memorable que puso en evidencia la hermosa solidaridad entre los hombres –sobre todo cuando la mitad son mujeres- la capacidad de una raza vigorosa para el acarreo y, sobre todo, la buena disposición de las alemanas para repartir amor.

… la mitad más uno.

Todos los “capítulos” de “tantos hombres y tan poco tiempo

Capítulo Milésimo centésimo nonagésimo: “La química orgánica es la química de los compuestos de carbono. La bioquímica es el estudio de los compuestos de carbono que andan a cuatro patas”. (Mike Adams, 1956, criminólogo estadounidense)

Aunque aún hay quien hace apología de ella, debería estar completamente desacreditada la teoría de que el primer vestido del hombre fue una hoja de parra. Si eso hubiera sido así, con una mano ocupada en mantener en su sitio el liviano e inestable vestuario, le hubiera sido imposible al hombre progresar, incluso lo poco que ha progresado. Por ejemplo, ¿hubiera sido capaz de cazar con una sola mano, que para mayor dificultad sería seguramente la izquierda? La respuesta es, evidentemente, no.

Y no hablemos de la actividad intelectual que exige una mente libre de preocupaciones inmediatas ¿Hubiera sido capaz el hombre de hacer esa esculturas de mujeres desnudas, más bien gordas, que tanto le gustaban pensando continuamente en sujetarse la hoja? Evidentemente no.

Aún más penosa sería la situación de la mujer, que por su peculiar configuración anatómica necesitaría las dos manos para mantener en su lugar su dos-piezas vegetal (eso sin entrar en la dificultad que algunas tendrían para encontrar hojas de parra del tamaño adecuado para las zonas superiores), algo que las dejaría absolutamente indefensas frente a los peligros de la existencia y las audacias de los varones desenvueltos. Que en estas cuestiones eran todos.

Es hora de proclamar que en los primeros tiempos el vestido no existía en absoluto y que la humanidad emprendió el camino de la decencia no por decoro sino simple y llanamente porque empezó a tener frío. Algo muy a tener en cuenta ahora que empieza a hacer calor.

… derecha e izquierda.

Todos los “capítulos” de “tantos hombres y tan poco tiempo

Capítulo Milésimo centésimo octogésimo noveno: “Os debo una explicación, y como alcalde vuestro que soy os la voy a dar porque os la debo” (Bienvenido, Mister Marshall, Luis García Berlanga, 1952)

El primer Faraón que sintió la necesidad de prepararse un alojamiento digo de su propia importancia, ordenó a sus arquitectos que planearan algo original que llamara la atención, algo distinto a las tumbas de los insignificantes faraones anteriores, para quienes una losa con su nombre esculpido en graciosos jeroglífico era más que suficiente.

Los arquitectos, que nunca se habían enfrentado a un problema semejante, ordenaron, para ganar tiempo, que trajeran piedras en abundancia y las fueran amontonando, que luego ya verían lo que se les ocurría. La gente egipcia, orgullosa de contribuir con su esfuerzo a lo que sin duda iba a ser una asombrosa obra de arte y, por si fuera poco, morada última de su amadísimo Faraón, acarreado millones de pedruscos y los fueron colocando ordenadamente amontonados al borde del desierto.

Los años pasaban y a los arquitectos no se les ocurría nada que valiera la pena, con lo que seguían sin tener la menor idea de lo que podían hacer con aquel material, que ya constituía el montón de piedras más grande del mundo. Apremiados por el Faraón, que se impacientaba, y con razón, ordenaron, por ordenar algo, que le afilaran la punta.

Entre unas cosas y otras, el Faraón murió antes de que se empezaran los cimientos de su tumba y, a falta de otra cosa mejor, fue sepultado en aquella montaña de piedra, donde se abrió apresuradamente un agujero al efecto.

Fue un éxito. La gente aprecia mucho más las obras por su tamaño y aquélla tenía un tamaño nunca visto. Los faraones siguientes quisieron tener también su montón de piedras, que ya por entonces era llamado pirámide por los intelectuales, y todos mandaban construir la suya: era lo primero que ordenaban en cuanto se sentaban en el trono. Así, un insulso montón de piedras que esperaba mejor destino se había convertido de casualidad en un monumento prácticamente indestructible e inamovible. Tan inamovible que ni siquiera pudieron llevarse una al museo británico, que ya es el colmo. Por cierto, que algunos ingeniosos tratadistas de lo esotérico pretenden que las pirámides poseen virtudes desconocidas, secretos mágicos, propiedades misteriosas y efectos especiales. Algo misterioso tiene que haber, sin duda. De otra manera no se explica la nombradía y el respeto que han alcanzado estos insustanciales poliedros.

Ésa es, por más que intenten esconderla, la verdadera historia de este tipo de construcciones. Ni más, ni menos.

… nylon.

Todos los “capítulos” de “tantos hombres y tan poco tiempo

Capítulo Milésimo centésimo octogésimo octavo: “Me gusta leer pornografía en Braille”. (Woody Allen 1935, actor y director de cine estadounidense)

Los atletas griegos, acostumbrados como estaban a tapar su cuerpo lo menos posible, solían hacer deporte desnudos. O casi.

Era su costumbre usar un kynodesme, pequeña correa de cuero con la que se recogían su pene y se lo ataban a la cintura de manera que quedara inmóvil y mirando hacia arriba.

Durante mucho tiempo pensaron que lo hacían para que el miembro no les molestara mientras hacían los ejercicios, pero ahora resulta que algunos expertos encabezados por Frederick M. Hodgfes afirman que tan curiosa costumbre tenía otros motivos algo menos prácticos. Por un lado, evitar que el glande se les escapara: si algo consideraban impúdico los griegos era que los demás le vieran el glande; por otro, la simple coquetería.

Por cierto, aprovechando que voy a estar en Pekín algunos días antes de la ceremonia inaugural olímpica (si antes salgo vivo de Mongolia, de lo que tengo serias dudas), me ofrezco desinteresadamente para explicarles a los responsables que bastarían unos pequeños detalles para duplicar la audiencia de los Juegos. Algo así como una vuelta a los orígenes del olimpismo clásico. Todos saldríamos ganando.

Hasta el lunes.

… más “historias extra-ordinarias” todo el fin de semana.

Todos los “capítulos” de “tantos hombres y tan poco tiempo

Capítulo Milésimo centésimo septuagésimo noveno: “Gritar es el esfuerzo de un cerebro limitado intentado expresarse” (Ardid femenino, 1938; George Stevens)

Teniendo en cuenta que -al menos anatómicamente- la zona sensible de la vagina de la mujer apenas supone el primer tercio de la misma (un espacio tan reducido que hasta el más pequeño de los penes adultos conocidos, que media 1,8 centímetros, podría hacer un buen papel), la eterna cuestión sobre la importancia -o no- de tamaño debería ser menor para el (muy desconcertante) sexo femenino a la hora de encontrar con quien retozar. Un dato que ampliaría bastante (pero bastante) las posibilidades de ellas y, de paso, dejaría fuera de juego a más de un fantasma que se pasa la vida presumiendo de la relación entre su (supuesto) tamaño y su (aún más supuesta) capacidad para impartir placer.

Pero que no cunda el pánico entre aquellos que basan su carisma (y/o su economía) en satisfacer al sexo opuesto proclamando las (presuntas) ventajas que proporcionarían unos centímetros de más. Tienen alternativas.

En casi todas las islas del Pacífico los espantapájaros que se construyen para vigilar los campos de arroz, y que están hechos con la paja de este cereal, presentan una característica un tanto particular consistente en exhibir determinada parte anatómica de una forma especialmente desarrollada: todos ellos muestran enormes penes en erección ya que existe la creencia de que un pene así contribuye a ahuyentar a los depredadores.

Una forma de ampliar el horizonte laboral de los heteros mejor dotados: ejercer de espantapájaros el resto de su vida. Algo muy de agradecer tal y como está la cosa del empleo estable. Hasta el lunes.

(Claro.. y ahora empiezo a entender porqué a mi no se me acercaban los depredadores… era por eso…¡Huy! esto no saldrá en el post ¿no?)

… más “historias extra-ordinarias” todo el fin de semana.

Todos los “capítulos” de “tantos hombres y tan poco tiempo

Capítulo Milésimo centésimo septuagésimo quinto: “Hakuna matata” (El Rey León, Roger Allers; 1994)

Morirse es caro. Especialmente para quien tiene que pagar la factura, que no suele ser el muerto.

Por eso, hoy lunes, un día adecuado para hablar de estas cosas y en la habitual línea práctica de “Tantos hombres y tan poco tiempo”, van un par de ideas, (siempre sobradamente probadas y debidamente documentadas), con las que poderse sacar algunos euros extras que ayuden a sobrellevar tan difícil (y costoso) momento. Los duelos con pan son menos.

Si uno no es demasiado escrupuloso para estas cosas lo mejor es usar las técnicas que trabajan (con excelentes resultados) algunas tribus de indios del Orinoco, en Venezuela: cuelgan los cadáveres en una especie de hamaca durante una semana, y con los líquidos que gotean de ellos en el proceso de descomposición, fabricaban un licor que dicen tener propiedades mágicas.

Los venden a precio de oro y se lo quita de las manos.

Si, en cambio, hay alguien con algún reparo a la hora de manipular directamente un fiambre, (el muerto más revoltoso siempre es infinitamente más fácil que el más tranquilo de los vivos… y lo digo por experiencia) tampoco hay que desesperarse. Existe un amplio abanico de artículos con los que podemos hacer negocio y que cuentan, además, con la garantía de llevar comercializándose toda la vida.

En la Edad Media, las ejecuciones de presos eran la fuente de un particular mercado negro; se comerciaba con las sogas de la horca, que se suponía que poseían abundantes virtudes curativas. También con el sebo de los ahorcados, usadas para fabricar velas que, según se creía, podían alumbrar tesoros ocultos; y con la mandrágora, planta considerada la panacea contra todas las enfermedades, que crecía, según creencia popular, al pie de los patíbulos, regado con el semen de los ahorcados tan presente en cualquier ejecución hecha como Dios manda.

Naturalmente y dada la complejidad técnica de encontrar a principios de mayo de 2008 algún ahorcado, sus complementos o alguna de sus secreciones, bastará con vender algunos artículos parecidos a los originales usando el convenientemente marketing. Al fin y al cabo si como dicen las estadísticas en España se gastan al año 12 millones de euros en satanismos y magias negras, mal tiene que ponerse la cosa para que algún crédulo no sea capaz de comprarnos un trozo de poto a precio de oro pensando que es una mandrágora regada con los restos del último “homenaje” que se corrió (y nunca mejor dicho) un ahorcado. Digo yo.

… morderse la lengua.

Todos los “capítulos” de “tantos hombres y tan poco tiempo