1465. Viernes, 18 septiembre, 2009
Septiembre 18, 2009
Capítulo Milésimo cuadringentésimo sexagésimo quinto: “Andaos a reinas y moriréis virgen” (refrán español)
Mujeres Tarzán: dícese de aquellas señoras y/o señoritas acostumbradas a ir por la vida de relación en relación igual que Tarzán va de liana en liana. Es decir, nunca están sin una, pero hay momentos en los que se sujetan de dos a la vez.
Su mecanismo de funcionamiento es más o menos el mismo en todas. Están ellas balanceándose tranquilamente en una, bien agarradas a ella con las dos manos, de repente ven otra que tiene mejor pinta, sueltan una mano, agarran la de mejor pinta, prueban a ver si está bien tensa, comprueban bien su resistencia y, sólo cuando están seguras que la segunda es mejor que la primera, sueltan la otra mano y pasan a agarrar la segunda con ambas manos. Es decir, que en ningún momento están sin ninguna, peeeeeeero habrá un espacio de tiempo en el que tengan dos. Espacio que será más o menos largo en función del tiempo tarde la interfecta (¡qué me gusta interfecta!) en calcular ventajas e inconvenientes del cambio.
Una situación que, por cierto, también suele ser muy habitual (me han contado) en aquellos individuos de sexo masculino que presentan cierta tendencia bujarra. Aunque, dada la seriedad y el intachable sentido moral que siempre ha acreditado este blog, y con el único fin de evitar susceptibilidades, el autor se compromete a explicar a todos aquellos interesados que pertenezcan a este grupo, el mecanismo por el que se pueden tener dos lianas agarradas a la vez. Y de una forma practica, detallada y completa. Por la cultura, lo que sea.
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1383. Jueves, 16 abril, 2009
Abril 16, 2009
Capítulo Milésimo tricentésimo octogésimo tercero: “Un hombre es libre mientras tiene la potestad de elegir su ropa interior”. (Proverbio polaco)
Que usar calzoncillos es un símbolo de barbarie da buena cuenta el hecho de que uno de los pueblos más cultos, avanzados y audaces que en el mundo han sido, los romanos, no los usaban. Ellos, como buenos guerreros, conquistaron el mundo con el culo al aire, un culo apenas tapado por el faldellín militar, algo que, por cierto, les causaba algún que otro problema cuando el sentido de la decencia de los conquistados hacía de casi todo una ofensa. Tan famoso como violento fue un motín popular, sofocado de forma sangrienta por el ejército romano, causado porque un legionario se levantó -de no muy buenas formas- el faldellín para mostrar sus atributos ante un grupo de judíos que, ofendidos por la indecencia, armaron una gorda.
Es más, hay historiadores que datan el principio del fin de Roma en el momento en que sus ejércitos empezaron a usar, a modo de calzoncillo, un trapo blanco -muy parecido al que usaron los antiguos egipcios durante milenios- que anudaban entre las piernas, Fue el principio del fin; a partir de ahí todo un Imperio se tambaleó y Europa fue conquistada por los bárbaros que acabaron imponiendo una de sus más sus bárbaras costumbres impensable hasta entonces: usar pantalones.
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1379. Jueves, 2 abril, 2009
Abril 2, 2009
Capítulo Milésimo tricentésimo septuagésimo noveno: “El carácter humano es como una balanza: en un platillo está la mesura, y en el otro la audacia. El mesurado tímido y el audaz indiscreto son balanzas con un brazo, trastos inútiles” (Ángel Ganivet, 1865 – 1898; escritor español)
En los siglos XIV y XV eran muchos los médicos que achacaban, como una de las causas más importantes de la esterilidad femenina, la excesiva belleza.
Según ellos, este tipo de mujeres atraían más sangre hacia las distintas partes de su cuerpo de manera que no les quedaban fluidos libres para ser capaces de formar un posible embrión. Por ello, recomendaban a los jóvenes varones en edad casadera y que gustaran de tener familia, buscar a sus esposas entre señoritas físicamente poco (o nada) agraciadas; unas señoritas (las feas) que se convirtieron así en un preciado objeto de deseo, especialmente entre los nobles linajes de la época deseosos de asegurarse la descendencia al precio que fuera. Mientras, ellas, al grito de la fertilidad de la fea la guapa la desea, dejándose querer tan contentas.
Y es que, antes de que la ciencia destripara algunos de los misterios de la vida con sus maquiavélicos avances, la justicia divina era mucho más equitativa.
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1265. Viernes, 3 octubre, 2008
Octubre 3, 2008
Capítulo Milésimo ducentésimo sexagésimo quinto: “Los hay que quieren ir por la vida a 120, y se empeñan en llevar el freno de mano puesto”(Matilde Torres, 78 años, jubilada)
Los choroti, una tribu indígena que habita en una zona fronteriza entre Bolivia, Paraguay y Argentina y cuya población se estima en unas 2.300 personas, tienen la costumbre de escupir a la cara de su pareja mientras mantienen relaciones sexuales.
Una costumbre que excita tanto a los dos protagonistas de la situación que ambos suelen llegar al orgasmo coincidiendo con algún lanzamiento salivar afortunado.
Por probar… Hasta el lunes.
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1250. Viernes, 12 septiembre, 2008
Septiembre 12, 2008
Capítulo Milésimo ducentésimo quincuagésimo: “Las sillas aprovechan la oscuridad para echar la zancadilla a sus propietarios. (Ramón Gómez de la Serna, 1888-1963; escritor español)
Aunque las costumbres ya han cambiado, para los Lozi, también llamados Barotse, uno de los cuatro reinos históricos de Zambia, hubo una época en que se consideraba adulterio que un hombre caminara por el mismo sendero junto a la esposa de otro.
Aunque las costumbres ya han cambiado, para los habitantes de cierta ciudad castellana hubo una época en la que dar vueltas bajo los soportales de su plaza mayor en sentido contrario a los de su mismo sexo era considerado motivo más que suficiente para acabar ardiendo en el fuego eterno.
Y es que, como bien dice el refrán, cual andamos, tal medramos … aunque digo yo que bien se disculpa el picar por el gusto del rascar. O algo así. Hasta el lunes pues.
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1135. Lunes, 25 febrero, 2008
Febrero 25, 2008
Capítulo Milésimo centésimo trigésimo quinto: “La gente que no para de trabajar lo hace para no tener tiempo de acordarse de que no tiene nada que hacer. (Francis Picabia, 1879-1953; pintor francés)
En vez de aprovechar la diversidad y enriquecernos con las diferencias, tenemos, desde la comodidad de nuestro primer mundo, una corrosiva tendencia a emitir juicios de valor sobre todas aquellas otras culturas que nos son ajenas o no se nos parecen. En estos tiempos de multiculturalidades, globalizaciones y mestizaje es bonito saber que en algunos lugares aún existen hombres, mujeres y niños que celebran y respetan sus más antiguas tradiciones.
Lo que no quita para que me parezca un poco desproporcionado las directrices que han establecido los mandatarios de Rajastán, una de las muchas regiones de la India, los cuales, excusándose en el respeto que es obligatorio guardar a las costumbres locales, han decidido prohibir que los turistas puedan hacerse cualquier tipo de demostración de cariño en público. Por inocente que sea.
Nada que objetar. Son sus costumbres locales y hay que respetarlas. Pero no deja de chocarme que sean precisamente estas autoridades las que miran para otro lado ante la -también- costumbre local, más extendida de lo que debiera, que tienen los hombres de la región de echar ácido en la cara de las esposas que no cumplen con los deseos de su marido.
Algo no me acaba de cuadrar en este discurso de respetar las señas de identidad culturales de los pueblos. Algo no me acaba de cuadrar. Será que es lunes. Será.
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1131. Martes, 19 febrero, 2008
Febrero 19, 2008
Capítulo Milésimo centésimo trigésimo primero: “No puedo comprender por qué en la televisión siempre se excusan las interrupciones pero nunca la programación normal. (Otto Preminger 1906-1986; director de cine estadounidense)
Comer del mismo plato, y con la mano, o beber del mismo vaso, siempre ha han sido símbolos de amor y de unidad, convertidos incluso en liturgia por el cristianismo. Entonces ¿Cómo han llegado a estar tan condenados estos actos por las normas de las buenas maneras? ¿Quién tiene la culpa de que uno quede como un puerco por atreverse a usar las manos en la imprescindible tarea de alimentarse?
Cuentan que el tenedor llegó a Europa procedente de Constantinopla, donde ya eran muy finos, allá por el siglo XV. Teodora, la hija del emperador bizantino Constantino Ducas, lo llevó a Venecia, al casarse con el dux de aquella república. Costó que se pudiera de moda porque se consideraba -y no iban muy descaminados- una extravagancia; tanto que llegaron a condenarlo desde los pulpitos de la época como intrumentum diaboli, por lo complicado que resultaba usarlo para comer algunos alimentos como la pasta.
Pero el tiempo ha dado la vuelta a la tortilla y ahora si hacemos caso a las “buenas maneras” sólo está permitido usar las manos para comer las alcachofas, los espárragos (siempre agarrándolos por el tallo) y las cerezas, y, si acaso, para pelar los plátanos y partir el pan siempre que ya esté servido en la mesa. Pero es que, aunque uno quisiera poner en práctica tan complicadas instrucciones protocolarias, nunca acabaría acertando. Ni entre ellos se ponen de acuerdo. Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, decía “el corazón es un traidor, hay que tenerlo cerrado con siete cerrojos“, tal vez por ahí van los tiros de la recomendación de las gentes de esta organización a sus numerarios de que coman los plátanos con cuchillo y tenedor. Pero los que no militamos en tan sufrido grupo, todos los que fuimos carne de colegio público en un extrarradio de provincias, ¿podemos pelárnoslo con las manos sin acabar condenados al fuego eterno? ¿Sufrirá mucho nuestro corazón por sentir la suave textura de nuestro plátano entre el índice y el pulgar?
Para gustos colores, y será todo el pecado que quieran, pero pocos placeres se pueden comparar a comerse tanquilamente un suculento plátano después de haberlo pelado con una buena mano.

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1127. Miércoles, 13 febrero, 2008
Febrero 13, 2008
Capítulo Milésimo centésimo vigésimo séptimo: “La mayor declaración de amor es la que no se hace; el hombre que siente mucho, habla poco”. (Platón 427 adC-347 adC; filósofo griego)
Los grandes cronistas del amor, ésos cuyas obras han sustentado nuestra educación sentimental, son unos completos embusteros. Nos han hecho creer que el amor es un asunto imperecedero. San Pablo, pecador arrepentido, se lo dijo más exactamente a los Corintios: “El amor no pasa nunca“. Todos los mercaderes del sentimiento se han volcado en presentarnos sólo los aspectos más cómodos y deseables del fenómeno, hasta Romero y Julieta, la pareja por excelencia en los sueños sentimentales de muchas generaciones y cuyos arrebatos se antojan como los propios del amor eterno, tienen trampa; su triste final nos hizo pensar que su entusiasmo no tenía fin. Pero los amantes, presos en la hoguera de la pasión, no tuvieron tiempo de vivir sus insignificancias. Es de suponer el destino que les esperaba si sus familias no hubiesen sido tan absurdas. Un matrimonio como Dios manda y, a continuación, el día a día del amor y su realidad. Y la realidad no es precisamente diestra en maravillas.
Por supuesto que el amor existe, y además por narices (¿hubiera podido escribir Neruda sus “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” a los veinte años sin ser una traca de amor a punto de explotar?), los que nos hemos enamorado perdidamente lo sabemos muy bien, pero también sería bueno conocer de antemano qué ocurre cuando hay que empezar a evolucionar hacía un sentimiento más estable. Pasar del ars amandi, que decían los clásicos, a la habilidad para sobrevivir una vez que el ars se ha cansado de acompañarnos. Cuando tu inmaculada pareja, tu gran y perfecto héroe, empieza a llenar la bañera de pelos, a entrar en la cocina para freír un huevo y dejarla como si hubiera habido un terremoto, o a dormir con unos calcetines que sólo se quita cuando se corta las uñas. Cuando enmudecen los violines, se acaba la luna plateada y el amor inicia sus destrozos. Y todos sabemos que el amor, cuando se pone a destrozar, no sabe de privilegios.
El amor es una hermosa mentira, y a cualquier mentira, por muy maravillosa que sea, se impone siempre la realidad. Soportar sus ataques convierte a los amantes en duros héroes de la resistencia cotidiana. Por eso, no estaría mal que de vez en cuando también nos lo recordaran. Incluso en días tan poco apropiados como hoy, víspera de su santo patrón, San Valentín, un santo que, por cierto, fue canonizado en 1969, una terminación numérica tan adecuada como irreverente para el santo del amor. Pero eso es otra historia.
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1109. Viernes, 18 enero, 2008
Enero 18, 2008
Capítulo Milésimo centésimo noveno: “Es empresa vana tratar de ridiculizar a un necio rico: las carcajadas están de su parte”. (Jean de La Bruyère 1645-1696; escritor francés)
Siempre me he preguntado por qué si el pez grande se come al chico, son precisamente los peces pequeños los que tienen colores más llamativos. Una gilipollez, lo sé, pero cavilaba yo que si lo de la selección natural es como lo pintan, se deberían de haber beneficiado mucho más de su discreción los peces menos vistosos que aquellos otros a los que, por su aspecto, les podían haber dado el primer premio en un desfile de carnaval.
Pues todo tiene su explicación y, ¡oh casualidad! resulta que la culpa es ¡oh sorpresa! de la parte femenina del asunto.
Muy resumido: los peces machos hacen lo que hacen, se arriesgan a lo que se arriesgan y son capaces de poner en peligro su vida por un/el único motivo. Sí, por ese.
Y no ya sólo porque las hembras preferirán aparearse con los peces más vistosos (no es cuestión de “belleza“, más bien de que los más coloreados, al haber sobrevivido a pesar de tenerlo más difícil, demuestran muy buena salud y excelentes condiciones físicas) sino porque ellas los prefieren valientes. Algo que lleva a los machos a arriesgar si vida cuando, en época de apareamiento y sólo si hay alguna hembra presente, se acercan todo lo que pueden a sus depredadores. El objetivo no es otro que el de impresionar a su posible pareja y demostrarle que se está en buena forma para escapar de un ataque enemigo.
Así, arriesgando su vida por “amor“.
Tiran más dos aletas que dos carretas. Hasta el lunes pues.
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