Capítulo Milésimo ducentésimo undécimo: “He descubierto que no hay forma más segura de saber si amas u odias a alguien que hacer un viaje con él.” (Mark Twain, 1835-1910, escritor y periodista estadounidense.)

¿Hay que enamorarse de los sitios que nos deslumbran? la mayoría de quienes escriben –sea por encargo, sea por elección- sobre una ciudad, sobre un país, sobre un viaje, suelen hacerlo. Siempre he pensado que es un error. Y es que, tras el aura que ciega acostumbran a esconderse realidades escasamente susceptibles de inspirar tanta fascinación. Además, ese enamoramiento bien puede derivarse de una idea previa destinada a condicionar nuestras primeras impresiones. Salvo que, decepcionado por encontrase con otra cosa, el visitante termine por rechazar esa realidad que no concuerda con la que había previsto. De ahí que cuando el divorcio entre idea previa y realidad nos plantea un dilema, lo aconsejable sea suspender todo juicio hasta haberse familiarizado minimamente con los rasgos que definen esa realidad nueva.

Es lo que estoy intentado hacer, abandonar cualquier idea preconcebida ante un extraño viaje que me llevará a atravesar, a partir del viernes y durante más de veinte días, tres de los países más grandes de la Tierra subido a un mismo tren, un tren que prometen sucio y destartalado.. pero lleno de vida. Una experiencia curiosa que a buen seguro hará que acabe diciendo una y mil veces lo mismo que Don Miguel de Unamuno cuando después de mirar unos escaparates comentó en voz alta “hay que ver hay que ver la cantidad de cosas que no necesito”.

Esto seguirá –espero- renovándose de forma automática cada día con unos cuantos artículos que he copiado descaradamente de por ahí para que el blog se actualice a su aire mientras estoy fuera. Vuelvo el jueves 17 de julio. Espero.

… una historia “extra-ordinaria” para cada día

Todos los “capítulos” de “tantos hombres y tan poco tiempo

Capítulo Milésimo ducentésimo décimo: “El niño grita: !No vale!… !Dos contra uno!, y no sabe que toda la vida es eso: dos contra uno” (Ramón Gómez de la Serna, 1888-1963; escritor español)

Después de contar aquí el pasado jueves el particular sentido del humor que se gastaba el guasón de Heliogábalo organizando fiestas, han sido varios los correos preguntando algún detalle más de las mismas “por si se pudiera aprovechar algo de ellas”.

No es una buena idea. Tener sentido del humor (aunque sea tan elegante, sutil y sofisticado como el que demuestra Heli cuando cierra las puertas con los invitados dentro y les suelta unos cuantos leones) puede traer graves consecuencias. Y bien que lo sabía el pobre, que entre la manía que tenían en su pueblo de ir matando a cuanto emperador se pusiera por delante, y la de enemigos que se ganó con sus inocentes bromas, sufría un miedo casi patológico a morir asesinado.

Para evitar en lo posible semejante trance se había hecho construir un patio de pórfido (una de las piedras más duras que existen) al pie de sus aposentos para poder saltar a él y suicidarse en caso de peligro de muerte. Además, y para mayor seguridad, llevaba siempre consigo un anillo de esmeralda hueco relleno de un fortísimo veneno. Tampoco se separaba de un puñal de oro con empuñadura de diamantes y de una cuerda de oro y seda con que estrangularse si todo lo anterior fallaba.

Pero tantas precauciones no parece que tuvieran mucho efecto. A punto de cumplir los 18 años y cuando estaba desempeñando inexcusables obligaciones fisiológicas algunos miembros de su guardia pretoriana le asesinaron, asfixiándole precisamente con la esponja que el emperador usaba como sustituto del -todavía no inventado- papel de culo.

Nunca hay que perder el tiempo buscando tu destino, él siempre te acaba encontrando. O como decía menos finamente mi abuela: “ya no puede una ni cagar a gusto“.

… spanish dollars

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