1193. Viernes, 30 mayo, 2008
Mayo 30, 2008
Capítulo Milésimo centésimo nonagésimo tercero: “El que sabe que suficiente es suficiente siempre tendrá suficiente. (Lao-Tsé, 570- 490 a. C.; filósofo chino)
Hay preguntas de esas tópicas que uno nunca entiende por qué la gente no contesta con lógica, por ejemplo ¿qué te llevarías a una isla desierta?, pues está claro: un barco; o esa otra de ¿qué tres deseos le pedirías a un genio? lógicamente con uno que dijera que a partir de entonces se cumplieran todos los demás, digo yo que estaría más que solucionado. Y todavía sobraban dos.
Ocurre igual con ¿cantidad o calidad? La respuesta no puede ser más evidente: las dos cosas. Y que nadie diga que es imposible, la calidad se puede aprender, un poco de paciencia y mucha práctica son técnicas que no fallan. En cuanto a la cantidad, ningún problema. Hoy, en peluche práctico, y directamente de los libros más antiguos y sagrados del hinduismo, los vedas, destripamos el método que usan sus grandes próceres para conseguir un pene más largo, flexible y resistente. Un pene de los más pinturero en tan solo dos pasos. ¿Alguien da más?
- Paso primero: restriéguese el miembro con las púas de ciertos insectos que viven en los árboles. (He preferido omitir públicamente el nombre del bichito en cuestión en previsión de su más que posible caza indiscriminada)
- Paso segundo: úntese con aceite diez noches seguidas.
Transcurrido este tiempo hay que repetir el paso primero y el segundo hasta conseguir el tamaño deseado. Una vez alcanzado, el individuo en cuestión ha de colocarse boca abajo e introducir el miembro a través de un agujero previamente cavado en su casa.
Y a disfrutarlo todos. ¿Fácil no? Hasta el lunes.
… más “historias extra-ordinarias” todo el fin de semana.
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1192. Jueves, 29 mayo, 2008
Mayo 28, 2008
Capítulo Milésimo centésimo nonagésimo segundo: “Para los políticos, todo inferior es un esclavo, todo igual un enemigo y todo superior un tirano” José Cadalso, 1741-1782; escritor español)

Etimológicamente la palabra “cónyuge” proviene de “yugo”, nombre de un apero de labranza con el que se solían sujetar a los dos animales que tiraban del arado y que les obligaba a realizar todas las tareas en común sin posibilidad alguna de separarse.
Etimológicamente el vocablo “trabajo” proviene del término latino “tripalium”, palabra usada para designar un caballete utilizado para torturar y azotar a los acusados.
Así, ambas cosas se entienden mucho mejor.
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1191. Miércoles, 28 mayo, 2008
Mayo 28, 2008
Capítulo Milésimo centésimo nonagésimo primero: “Los hombres más leales, más sinceros, más nobles, más candorosos y más buenos del mundo se los encontró el capitán Cook en Oceanía; pero estos hombres tenían un defecto: eran antropófagos” (Julio Camba, 1882-1962; periodista y escritor español)
Cuando Conrado III de Alemania puso sitio a la ciudad de Winsberg, que le había salido güelfa al pobre, anunció que pasaría a cuchillo a todos sus habitantes. Pero cuando al fin la ciudad fue obligada a rendirse por falta de víveres (113
condescendió el rey a dejar salir a las mujeres, aunque sin otro equipaje que “las prendas que más estimaran”.
Se abrieron las puertas de la ciudad y empezaron a salir las señoras; la primera, la condesa Ida llevando a cuestas al conde Wëlf VI de Babiera , lo que dejó asombrados a los sitiadores, no porque una señora tan principal hiciera de porteadora sino porque “la prenda que más estimaba” la condesa resultó ser, además de su marido (algo que ya de entrada extrañó y mucho) otros dos mozalbetes aferrados desesperadamente a las lustrosas carnes de la señora condesa, unas carnes que, por cierto, parecían conocer a la perfección.
Las demás mujeres llevaban de igual forma a sus padres, hijos, prometidos, amantes. Era un espectáculo conmovedor. Hubo una mujer vigorosa que sacó bajo un brazo a su marido, bajo el otro a su amante y a la espalda a su cuñado viudo. Muchos esposos encaramados a la espalda de su señoras tuvieron que acceder a que un joven atlético, desconocido por ellos hasta el momento, se encaramara a su vez en sus propias espaldas antes de que la mujer accediera a partir. Algunas puestas a elegir, dejaron en tierra al marido, sugiriéndoles que cargara con ellos la madre que lo parió. Por salir, salieron hasta hombres disfrazados de mujer acarreando a muchachos de aspecto delicado y modales exquisitos.
En fin, fue una jornada memorable que puso en evidencia la hermosa solidaridad entre los hombres –sobre todo cuando la mitad son mujeres- la capacidad de una raza vigorosa para el acarreo y, sobre todo, la buena disposición de las alemanas para repartir amor.
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1190. Martes, 27 mayo, 2008
Mayo 27, 2008
Capítulo Milésimo centésimo nonagésimo: “La química orgánica es la química de los compuestos de carbono. La bioquímica es el estudio de los compuestos de carbono que andan a cuatro patas”. (Mike Adams, 1956, criminólogo estadounidense)
Aunque aún hay quien hace apología de ella, debería estar completamente desacreditada la teoría de que el primer vestido del hombre fue una hoja de parra. Si eso hubiera sido así, con una mano ocupada en mantener en su sitio el liviano e inestable vestuario, le hubiera sido imposible al hombre progresar, incluso lo poco que ha progresado. Por ejemplo, ¿hubiera sido capaz de cazar con una sola mano, que para mayor dificultad sería seguramente la izquierda? La respuesta es, evidentemente, no.
Y no hablemos de la actividad intelectual que exige una mente libre de preocupaciones inmediatas ¿Hubiera sido capaz el hombre de hacer esa esculturas de mujeres desnudas, más bien gordas, que tanto le gustaban pensando continuamente en sujetarse la hoja? Evidentemente no.
Aún más penosa sería la situación de la mujer, que por su peculiar configuración anatómica necesitaría las dos manos para mantener en su lugar su dos-piezas vegetal (eso sin entrar en la dificultad que algunas tendrían para encontrar hojas de parra del tamaño adecuado para las zonas superiores), algo que las dejaría absolutamente indefensas frente a los peligros de la existencia y las audacias de los varones desenvueltos. Que en estas cuestiones eran todos.
Es hora de proclamar que en los primeros tiempos el vestido no existía en absoluto y que la humanidad emprendió el camino de la decencia no por decoro sino simple y llanamente porque empezó a tener frío. Algo muy a tener en cuenta ahora que empieza a hacer calor.
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1189. Lunes, 26 mayo, 2008
Mayo 26, 2008
Capítulo Milésimo centésimo octogésimo noveno: “Os debo una explicación, y como alcalde vuestro que soy os la voy a dar porque os la debo” (Bienvenido, Mister Marshall, Luis García Berlanga, 1952)
El primer Faraón que sintió la necesidad de prepararse un alojamiento digo de su propia importancia, ordenó a sus arquitectos que planearan algo original que llamara la atención, algo distinto a las tumbas de los insignificantes faraones anteriores, para quienes una losa con su nombre esculpido en graciosos jeroglífico era más que suficiente.
Los arquitectos, que nunca se habían enfrentado a un problema semejante, ordenaron, para ganar tiempo, que trajeran piedras en abundancia y las fueran amontonando, que luego ya verían lo que se les ocurría. La gente egipcia, orgullosa de contribuir con su esfuerzo a lo que sin duda iba a ser una asombrosa obra de arte y, por si fuera poco, morada última de su amadísimo Faraón, acarreado millones de pedruscos y los fueron colocando ordenadamente amontonados al borde del desierto.
Los años pasaban y a los arquitectos no se les ocurría nada que valiera la pena, con lo que seguían sin tener la menor idea de lo que podían hacer con aquel material, que ya constituía el montón de piedras más grande del mundo. Apremiados por el Faraón, que se impacientaba, y con razón, ordenaron, por ordenar algo, que le afilaran la punta.
Entre unas cosas y otras, el Faraón murió antes de que se empezaran los cimientos de su tumba y, a falta de otra cosa mejor, fue sepultado en aquella montaña de piedra, donde se abrió apresuradamente un agujero al efecto.
Fue un éxito. La gente aprecia mucho más las obras por su tamaño y aquélla tenía un tamaño nunca visto. Los faraones siguientes quisieron tener también su montón de piedras, que ya por entonces era llamado pirámide por los intelectuales, y todos mandaban construir la suya: era lo primero que ordenaban en cuanto se sentaban en el trono. Así, un insulso montón de piedras que esperaba mejor destino se había convertido de casualidad en un monumento prácticamente indestructible e inamovible. Tan inamovible que ni siquiera pudieron llevarse una al museo británico, que ya es el colmo. Por cierto, que algunos ingeniosos tratadistas de lo esotérico pretenden que las pirámides poseen virtudes desconocidas, secretos mágicos, propiedades misteriosas y efectos especiales. Algo misterioso tiene que haber, sin duda. De otra manera no se explica la nombradía y el respeto que han alcanzado estos insustanciales poliedros.
Ésa es, por más que intenten esconderla, la verdadera historia de este tipo de construcciones. Ni más, ni menos.
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1188. Viernes, 23 mayo, 2008
Mayo 22, 2008
Capítulo Milésimo centésimo octogésimo octavo: “Me gusta leer pornografía en Braille”. (Woody Allen 1935, actor y director de cine estadounidense)
Los atletas griegos, acostumbrados como estaban a tapar su cuerpo lo menos posible, solían hacer deporte desnudos. O casi.
Era su costumbre usar un kynodesme, pequeña correa de cuero con la que se recogían su pene y se lo ataban a la cintura de manera que quedara inmóvil y mirando hacia arriba.
Durante mucho tiempo pensaron que lo hacían para que el miembro no les molestara mientras hacían los ejercicios, pero ahora resulta que algunos expertos encabezados por Frederick M. Hodgfes afirman que tan curiosa costumbre tenía otros motivos algo menos prácticos. Por un lado, evitar que el glande se les escapara: si algo consideraban impúdico los griegos era que los demás le vieran el glande; por otro, la simple coquetería.
Por cierto, aprovechando que voy a estar en Pekín algunos días antes de la ceremonia inaugural olímpica (si antes salgo vivo de Mongolia, de lo que tengo serias dudas), me ofrezco desinteresadamente para explicarles a los responsables que bastarían unos pequeños detalles para duplicar la audiencia de los Juegos. Algo así como una vuelta a los orígenes del olimpismo clásico. Todos saldríamos ganando.
Hasta el lunes.
… más “historias extra-ordinarias” todo el fin de semana.
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1187. Jueves, 22 mayo, 2008
Mayo 22, 2008
Capítulo Milésimo centésimo octogésimo séptimo: “Esto no es una barriga. Es una camiseta en relieve”. (Eslogan de una marca de cerveza para sus camisetas)
En principio se me había ocurrido que la diferencia podía venir por la calidad de los ingredientes. Descartado. Ellos mismos se encargan de dejar bien claro que para elaborar sus productos sólo usan los mejores.
Por eso, sigo sin entender cómo si un kilo en seco de buenas alubias, fabes o como se llamen, rondan los doce euros en cualquier tienda, el bote de fabada “Litoral“, es decir, las mismas –según ellos- buenas alubias, más el tocino, más el chorizo, más el espesante, más el colorante E-101, más otro montón de cosas, (y encima todo metido en un bote que me imagino algo valdrá también) apenas si llega -entre ofertas del trespordos y algún que otro chikiprecio de temporada- a los dos euros la lata.
Tratar de desentrañar algunos de los misterios de la vida es lo único que nos puede llevar a la verdad que todos buscamos. ¡Pero resulta tan difícil acercarnos a ellos!
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1186. Miércoles, 21 mayo, 2008
Mayo 20, 2008
Capítulo Milésimo centésimo octogésimo sexto: “Si de mayores gustos, mis disgustos han nacido, gustos al cielo pido, aunque me cuesten disgustos” (Sor Juana Inés de la Cruz, 1651- 1648; religiosa, y poeta mejicana)
Los espectaculares diamantes que Marilyn Monroe lució en Los caballeros las prefieren rubias no eran en realidad más que cristales corrientes. Los 116 brillantes y las seis amatistas con que Vivien Leigh adornó su generoso escote en Lo que el viento se llevó eran tan falsos como una vulgar patraña. El célebre cinturón de oro en forma de áspid que Liz Taylor ceñía a su cintura en Cleopatra era pura fantasía. Al fin y al cabo, todo en el cine es falso y todo el cine es falso.
Pero igual que esos adornos con los que se acicalaron en películas ya históricas forman parte de una colección tan valiosa como si estuviera formadas por piedras preciosas auténticas, las imágenes que guardamos aquellos que crecimos entre matinales y sesiones continuas de cines de provincias -donde las películas siempre llegaban con varios años de retraso- se han convertido en memoria propia para siempre.
- La camiseta rota y sudada de Marlon Brando en Un tranvía llamado Deseo.
- Gene Kelly enseñando a ser feliz al ratón Jerry en Levando Anclas.
- Humprey Bogart dando la orden en El cuarto poder para que se pusieran en marcha la rotativa cuando ya todo, excepto el honor, está perdido.
- Escarlata O´Hara y su “A Dios pongo por testigo de que nunca volveré a pasar hambre” en Lo que el viento se llevó.
- Jack Lemmon sujetando un clavel entre los dientes mientras baila un tango con Joe E. Brown en Con faldas y a lo loco.
- Paul Henreid poniendo a todos a cantar La Marsellesa en Casablanca.
- La frase con la que Robert Ryan se despide de Joan Fontaine en Nacida para el mal: “Te quiero. Lástima que no me gustes“.
- Las amas de llaves de Hitchcock: Margaret Leighton en Atormentada y, sobre todo, Judith Anderson en Rebeca.
- Las mallas que llevaba Burt Lancaster en El temible burlón.
- La mirada que le dirige Cary Grant a Ingrid Bergman cuando viaja en avión con ella a Río en Encadenados.
- Audrey Hepburn y sus inolvidables zapatillas en Sabrina de Billy Wilder.
- Rhett Butler besando a Escalata O´Hara en el incendio de Atlanta de Lo que el viento se llevó.
- Rita Hayworth al principio de Gilda diciendo “Para mí, un dólar era un dólar en cualquier parte del mundo“.
- Ava Gardner rodeada de nativos con maracas en La noche de la iguana.
- Marylin Monroe besando a una mujer llamada Tony Curtis después de cantar, con gran tristeza I´m Trough with Love en Con faldas y a lo loco.
- Robert Preston y Julie Andrews cantando a duo You & Me en ¿Victor o Victoria?
- El paso de baile de Vivien Leigh en El barco de los locos.
- Los ojos se Montgomery Clift en Un lugar al sol de George Stevens.
- Los andares de Kim Novak en Vertigo, de Alfred Hitchcock.
- La copa de veneno, amor y compasión que Audrey Hepburn le sirve a Sean Connery en Robin y María.
- La sonrisa de Audrey Hepburn cuando Gary Cooper le dice que suba al tren con él en Ariane.
- Los vestidos y el peinado de Ingrid Bergman en Por quién doblan las campanas.
- Paul Henreid y Bette Davis compartiendo un cigarrillo en La extraña pasajera.
- El final de Vacaciones en Roma con la despedida entre Audrey Hepburn y Gregory Peck.
- La frase que suelta el barman cuando Jean Simmons quiere invitar a una copa a un borracho en Con los ojos cerrados: “Una le mataría, y mil no serían suficientes“.
- El vals que bailan Claudia Cardinale y Burt Lancaster en el Gatopardo de Luchino Visconti.
- Marylin Monroe y su agujero en las mallas en Bus Stop.
- El peinado de Rita Hayworth en La dama de Shanghai de Orson Welles.
- Michael Caine enseñándole a Steve Martin cómo ser un play boy en Un par de seductores.
- Gregory Peck intentando domar un caballo salvaje en Horizontes de grandeza.
- Ida Lupino y Dana Andrews bebiendo whisky a la salida del periódico en Mientras Nueva York duerme.
- Jeff Bridges tocando el piano a solas en Los fabulosos Baker Boys.
- El impermeable de Gene Tierney en Laura de Otto Preminger.
- Henry Fonda poniéndole los zapatos a Barbara Stanwyck en Las tres noches de Eva.
- Barbara Stanwyck chasqueando su lengua en Bola de fuego de Howard Hawks.
- El vestido de un solo tirante de Ava Gardner en Soborno de Rober Z. Leonard.
- Robert de Niro con faldas en La Misión.
- Robert Redford en Íntimo y Personal.
- Jan Sterling contemplando a Humprey Bogart escribir sobre el mundo del boxeo en Más dura será la caída.
- Julie Harris y James Dean besándose en la noria de Al este del Edén.
- El albornoz de James Manson en Ha nacido una estrella.
- Sean Connery y Michael Caine en pleno alud contándose chistes en El hombre que pudo reinar.
- La gabardina y el sombrero ladeado de Frank Sinatra en Pal Joey.
Como todo buen repaso sentimental y apresurado, sobre todo apresurado, no sigue ningún orden cronológico o genérico. Si acaso el de las emociones. Agradecido por haber nacido en un siglo lleno de imágenes que se convierten en historias.
… desde lo alto de estas pirámides 40 siglos os contemplan.
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1185. Martes, 20 mayo, 2008
Mayo 20, 2008
Capítulo Milésimo centésimo octogésimo quinto: “Yo no soy una persona que se impresiona fácilmente… !Mosquis, un coche azul!” (Homer Simpson, 36 años, Técnico de seguridad nuclear)
Perdiendo el tiempo por internet me he encontrado con páginas capaces de escribir mecánicamente cartas de amor. La idea no me parece mala. Si las cartas de amor están destinadas a complacer, es complacencia que no se aprende en las academias. No todo el mundo está en disposición de expresar correctamente los movimientos de su corazón, sobre todo cuando éstos aspiran a ser correspondidos o pretenden encender los de su pareja. Sin embargo, todos tienen derecho a intentarlo.
Además, ha ocurrido siempre. Yo mismo tengo unos cuantos manuales de esos que enseñan a escribir cartas de amor cargados de años. Iban incluidos en una de esas colecciones que llamaban prácticas, promocionadas por el technicolor de las películas americanas de la época y que llevaban títulos reveladores: “Cómo ser una casada perfecta“, “Cómo arreglar su aparato de radio” o , ya en el colmo de la sofisticación: “Conozca todos los secretos del matrimonio“. Libros con portadas entrañablemente cursis a juego con su interior: la criada paseando al bebé de la señora del brazo de un apuesto soldadito, una jovencita rubia vestida de domingo junto a un joven de pajarita negra, y, como no, el inevitable corazón rodeado por su orla de encaje rosa. Toda la imaginería destinada a convertir el amor en una réplica exacta de una tarjeta postal.
Pero de estos libros, de semejante imaginería, han salido miles de plagios literarios en forma de cartas de amor que se cruzaron con fervoroso entusiasmo legiones de enamorados que hacían pasar como suyas letras, líneas, párrafos, y hasta cartas enteras. Entonces, con formas góticas o redondillas en negro sobre blanco; ahora, transformadas en una larga y fría secuencia de números codificados junto a anuncios de viagras y pícaros en busca de cuentas corrientes. Ha cambiado la forma, pero sigue vigente el fondo. Normal. Bastante tenemos con intentar amar y ser amados, sólo faltaría que encima tuviéramos que aprender retórica.
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1184. Lunes, 19 mayo, 2008
Mayo 19, 2008
Capítulo Milésimo centésimo octogésimo cuarto: “Este es, para mí, el mejor momento del día: cuando me la machaco en la ducha. A partir de aquí, todo va a peor”. (American Beauty, Sam Mendes; 1999)
Soy el primero en felicitar la navidad. Este año sí.

Tenía yo ese antojo.
Total, antes de que nos demos cuenta van a estar otra vez dándonos la matraca con las nochesdepaz, los peces bebiendo y el vuelveacasavuelve… pues ya aprovecho.
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