Capítulo Milésimo centésimo quincuagésimo noveno: “El ejemplo más notorio de que la humanidad progresa es que cada año se necesita menos tiempo y más dinero para ir donde uno va”. (Lord Birkett, 1883-1962, abogado británico)

Según el Banco de España en su último informe sobre la economía española: “los datos apuntan a una desaceleración de la actividad durante los próximos meses en un entorno en el que se intensificarán las tensiones en los mercados financieros internacionales”.

Mañana del 8 de abril, después de varias semanas de tensas negociaciones con mi compañero doméstico habitual, accedo a una de sus más antiguas reivindicaciones. Una petición a la que siempre, y por razones obvias de edad, dignidad y gobierno, me había negando: el próximo verano las vacaciones serán en tren. Dice tener ya el destino elegido y que prefiere no contármelo. Conociendo su afición a todo lo que sea “dificultad”, “trabajo” y “esfuerzo” hasta cuando está ocioso, me entra el miedo. Dios se apiade de mí.

Los expertos son aún más contundentes: “la economía española está en plena desaceleración debido a la crisis crediticia, al desplome del sector inmobiliario, al alza de las materias primas –penaliza más a las economías menos productivas- y al cambio de ciclo de la economía mundial”.

Tarde del 8 de abril, agencia de viajes. Me entero del “famoso” destino. Dos reservas para el 27 de junio con salida en avión hacía Moscú, coger allí el Transiberiano e ir recorriendo durante casi veinte días distintas ciudades de Siberia, Mongolia y China hasta acabar en Pekín.

Todo los analistas coinciden: “En España este año la inflación ni se frena ni se modera: sólo se retroalimenta, con efectos de segunda vuelta comunicados por los carburantes a la industria, los servicios y, en definitiva, a toda la cadena productiva. Las familias españolas no sólo no ahorraran sino que cada vez son más las que están teniendo dificultades para poder llegar a final de mes“.

Después de teclear unas cuantas veces su ordenador la señorita de la agencia de viajes nos informa muy amablemente que sí, que vale, que con nosotros queda completado –y por lo tanto cerrado- el grupo que sale desde España. Es decir, que a día de hoy, con casi tres meses de anticipación, todas las plazas para este viaje –que yo pensaba, ingenuo de mí, iba a estar algo menos solicitado que reservar un apartamento en Gandia-, ya están cubiertas.

¿Crisis? ¿Crisis? ¡Ja!

Capítulo Milésimo centésimo quincuagésimo séptimo: “Aquí vendemos el calmante más antiguo del mundo” (Cartel colgado en el escaparate de una tienda de mecedoras).

Tenemos cinco dedos en cada mano. Y, aunque forzando la cosa, cada uno de ellos acaba entrando en los agujeros de nuestra nariz (quien más y quien menos está acostumbrado a meter cosas grandes en agujeros pequeños) sólo el meñique lo hace desahogadamente.

Teorías del por qué esto es así hay tantas como investigadores han sido capaces de perder su tiempo estudiando tan apasionante tema. Una de las que tiene más seguidores es la que afirma que el dedo meñique no ha crecido tanto como los demás porque si lo hiciera dejaría de cumplir la función para la cual está destinado: la higiene nasal.

Los defensores de esta hipótesis cuentan con un argumento de peso: la selección sexual favoreció a quienes tenían el dedo meñique con un calibre capaz de entrar sin dificultad en las fosas nasales. Según distintos estudios, las mujeres del Pleistoceno podrían haber preferido aparearse con los hombres de meñique pequeño ya que así ellos podían hurgarse las narices y mantenerlas más fácilmente limpias, algo que consideraban un detalle de buena salud a la hora de buscar al padre de sus hijos.

Ellas siempre eligiendo en función del tamaño. Luego dirán que no les importa. Ya.

… Dios, el ordenador.

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