Capítulo Milésimo centésimo octogésimo segundo: “Argumentar con una persona que ha renunciado a la lógica, es como dar medicina a un hombre muerto”. (Thomas Paine, 1737-1809; político y publicista estadounidense)

Nació un 3 de junio en la Italia del siglo XII. Un 3 de junio ingresó en el Convento de Santa María de Cadossa y falleció a los 18 años, también un 3 de junio. Un día 3 de junio fue proclamado santo y desde entonces resulta ser el patrono de los juegos de azar. Es San Cono. ¿Su mérito? haber establecido un “método” de adivinación para predecir los números ganadores en los juegos de azar de su época.

A otros los habrán hecho santos con menos motivos.

Adaptado a los nuevos tiempos por sus seguidores, su “técnica” continua vigente. Ponerla en práctica no puede ser más fácil: el día antes de comprar el boleto o de rellenar las casillas uno debe fijarse en lo que más le llame la atención bien en casa, en la calle o en la televisión. Una vez identificado el objeto simplemente se busca el número correspondiente y… ¡hala! a jugar sobre seguro.

Así, el 00 se refiere a los aros y el 01 a las alpargatas. El 02 es una bandera pirata y el 03 un barril. 04, bastón; 05, alicates; 06, caracol; 07, arco de triunfo; 08, aguacate; 09, ardilla; 10, berenjena; 11, jirafa; 12, colegio; 13, colegial; 14, aguja; 15, rueda; 16, avión; 17, araña; 18, pájaros; 19, arbusto; 20, trompeta; 21, hucha; 22, león; 23, camiseta; 24, albañil; 25, carreras de caballos; 26, ángeles; 27, atleta; 28, banco de madera; 29, maletas; 30, audífono; 31, calculadora; 32, corbata; 33, avestruz; 34, aspiradora; 35, baile; 36, barca; 37, tienda de ultramarinos; 38, almeja; 39, antorcha; 40, bombilla; 41, balanza; 42, serpiente; 43, carta; 44, bicicleta; 45, cantante; 46, copón; 47, carnicero; 48, coche; 49, collar; 50, cizallas; 51, lombriz; 52, cucharón; 53, canario; 54, cepillo de dientes; 55, bebé; 56, antifaz; 57, serpiente de cascabel; 58, caballo; 59, cangrejo; 60, ballena. El 61 si se ve un botón y al 62 si es un sombrero. Al 63 deben hacerlo quienes se fijen en una brújula y al 64 si es una boina. El 65 corresponde a una persona con barba y el 66 a un pescador. El 67 es el número de los borrachos y el 68 el del baño. El 69, un trasatlántico y el 70, una brocha de pintura. 71, arco con flechas y 72, bailarina. 73, ancla; 74, camello; 75, burro; 76, futbolista y 77 baile flamenco; el 78 corresponde a un peluquero y el 79 a la cruz. 80, armadura; 81, búho; 82, banco o caja de ahorros; 83, arado; 84, caballito de mar; 85, cisne; 86, calamar; 87, alondra; 88, plátano; 89, anillo; 90, gordo; 91, partido de fútbol; 92, boy scout; 93, persona corriendo; 94, gamba; 95, cucaracha; 96, bota; 97, ajo; 98, bacalao; y el 99, baúl.

Acertar no acertaremos ni una, pero entretenidos vamos a estar un rato.

Y San Isidro nos da un día de tregua pero sin puente. Hasta el viernes pues.

… el Síndrome de Stendhal.

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Capítulo Milésimo centésimo octogésimo primero: “Me encanta el olor del Napalm por la mañana”. (Apocalypse now, Francis Ford Coppola; 1979)

A raíz de alguna voz más alta que otra, Alejandro Dumas y un conocido político de la época acabaron retándose a duelo.

Como ambos eran grandes tiradores decidieron -de mutuo acuerdo- no enfrentarse en un campo de honor, optando porque el perdedor se pegase un tiro él mismo.

Por deseo expreso del escritor el rito tuvo lugar un martes y trece. Perdió Dumas y, acto seguido, entró en su despacho. Cerró la puerta y sus amigos, cabizbajos, escucharon el disparo. Pero, al instante, apareció Dumas fumándose un puro. “Señores, ha ocurrido un desastre inesperado” -dijo, solemne-. “He fallado”.

Los martes y trece es lo que tienen, hasta las cosas más simples te pueden salir mal. Por eso, hoy casi mejor que no hagamos nada. Por si acaso.

… los capados con pan son menos.

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Capítulo Milésimo centésimo octogésimo: “Todos tenemos días en que creemos que el sol brilla más en otra parte” (Madagascar 2005; Eric Darnell, Tom McGrath)

Estoy deprimido, triste, apesadumbrado, abatido, hundido en la miseria. La realidad es tozuda y se está cebando en mis esperanzas de una manera atroz y cruel. Los hechos están ahí, son los que son, y han machacado para siempre mis esperanzas: los que trabajan mucho, viven más.

Semejante afirmación resulta un durísimo golpe para un vago militante de toda la vida como yo, pero no se puede negar la evidencia por mucho daño que nos cause: entre los grupos de población que llegan a los cien años de edad -y con un relativo buen estado de salud-, están los abajasianos del Cáucaso, los hunzas de Pakistán y los pobladores del valle andino de Vilcabamba, en Perú. Todos con las mismas características: viven en ambientes con un aire muy puro, llevan una dieta muy hipocalórica y queman lo poco que comen ¡trabajando mucho!

Tanto que trasteaban los alquimistas chinos con el cuento de cultivar el “chi”, tantas pócimas con oro diluido en piedra filosofal que prometían los de la Edad Media, tanto armar con los injertos de testículos del mono, y ahora resulta que el elixir de la longevidad y hasta el de la eterna juventud no es más que cuestión de aire puro, comer poco y … ¡trabajar mucho!

Estoy dispuesto a enchufarme al oxígeno para conseguir aire puro, a pasarme a los chokokrispis sin azúcar, incluso a dejar de chupar las tapas de los yogures.. pero a trabajar (más).. !nunca!

No sé si me recuperaré de semejante noticia, voy a necesitar tiempo para asimilarla y, sobre todo, tiempo para tomar una decisión en consecuencia. A los que les guste trabajar (siempre he tenido un profundo respeto por los masoquismos extremos) mi más sincera enhorabuena, A los que -como yo- no estamos dotados de tal don (!ya quisiéramos!), hoy es, a pesar de que se avecina un jueves festivo, una semana triste, muy triste.

… Nivea.

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Capítulo Milésimo centésimo septuagésimo noveno: “Gritar es el esfuerzo de un cerebro limitado intentado expresarse” (Ardid femenino, 1938; George Stevens)

Teniendo en cuenta que -al menos anatómicamente- la zona sensible de la vagina de la mujer apenas supone el primer tercio de la misma (un espacio tan reducido que hasta el más pequeño de los penes adultos conocidos, que media 1,8 centímetros, podría hacer un buen papel), la eterna cuestión sobre la importancia -o no- de tamaño debería ser menor para el (muy desconcertante) sexo femenino a la hora de encontrar con quien retozar. Un dato que ampliaría bastante (pero bastante) las posibilidades de ellas y, de paso, dejaría fuera de juego a más de un fantasma que se pasa la vida presumiendo de la relación entre su (supuesto) tamaño y su (aún más supuesta) capacidad para impartir placer.

Pero que no cunda el pánico entre aquellos que basan su carisma (y/o su economía) en satisfacer al sexo opuesto proclamando las (presuntas) ventajas que proporcionarían unos centímetros de más. Tienen alternativas.

En casi todas las islas del Pacífico los espantapájaros que se construyen para vigilar los campos de arroz, y que están hechos con la paja de este cereal, presentan una característica un tanto particular consistente en exhibir determinada parte anatómica de una forma especialmente desarrollada: todos ellos muestran enormes penes en erección ya que existe la creencia de que un pene así contribuye a ahuyentar a los depredadores.

Una forma de ampliar el horizonte laboral de los heteros mejor dotados: ejercer de espantapájaros el resto de su vida. Algo muy de agradecer tal y como está la cosa del empleo estable. Hasta el lunes.

(Claro.. y ahora empiezo a entender porqué a mi no se me acercaban los depredadores… era por eso…¡Huy! esto no saldrá en el post ¿no?)

… más “historias extra-ordinarias” todo el fin de semana.

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Capítulo Milésimo centésimo septuagésimo octavo: “El amor no hace que el mundo gire. El amor hace que el mundo merezca la pena” (John Ruskin, 1819-1900; escritor, crítico de arte y sociólogo británico)

Hoy, y ante la crisis económica que padecemos, especial “peluche practico” con un pequeño consejo dedicado a todos los que empezamos a rozar edades peligrosas.

Pero sin pasarse que como decían en mi pueblo, “a quien vive pobre por morir rico, llámale borrico”.

… la procesión va por dentro.

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Capítulo Milésimo centésimo septuagésimo séptimo: “No hacer nada es la mejor manera de conservar toda la fe en nuestras posibilidades” (Noel Clarasó, 1899-1985; escritor español)

Me contaba un amigo que una de las lecciones más valiosas que había aprendido fue la que le dio su abuela un día en que, llevándole a la cocina, cogió una patata del agua hirviendo, se la arrojó a las manos y le gritó: “-¡vamos, agárrala!”

Mientras él hacía desesperados malabarismos para no quemarse, la abuela añadió: “-no sabes qué hacer con ella, ¿verdad?, pues atento, esto es algo que tienes que recordar toda tu vida. Cuando alguien te pase una patata que te queme, ¡devuélvesela!

Le contaba que una situación difícil de resolver, una pregunta difícil de contestar, es como una patata caliente y que durante toda su vida se encontraría con gente listas que fingirían ingenuidad, para quedarse a la expectativa respecto a él, tratar de aprender lo que él supiese y observar cómo él resolvía los problemas, personas que piensan que si nos dejan la patata para que sean los demás los que le den vueltas en la mano cuando más caliente está, ya no quemará tanto cuando sean ellas las que la cojan. O bien que al ver cómo se las arreglan los demás aprenderán la manera de manejar la patata sin quemarse. Al fin y al cabo cuando hablas no haces más que repetir lo que ya sabes, pero si escuchas es posible que aprendas algo.

Además, hacer que otro coja la patata es más fácil de lo que parece, basta aprovecharse un poco de la vanidad ajena. A mi un “usted, que sabe mucho más de esas cuestiones que yo, ¿qué piensa?” me ha salvado más de una vez y más de dos de quemarme las manos con una patata.

… cosas del cerebro.

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Capítulo Milésimo centésimo septuagésimo sexto: “En las batallas te das cuenta que los planes son inservibles, pero hacer planes indispensable”. (Dwight E. Eisenhower, 1890-1969; político estadounidense)

Después de varios años trabajando para los demás estoy pensando en independizarme. Sé que el asunto es arriesgado pero creo tenerlo todo bajo control.

El primer paso sería montar una empresa de trabajo temporal que me subcontratara en condiciones basura. El sentido de la iniciativa y la oportunidad por la que se rige el sistema harían que mi yo subcontratante de la primera parte compensara la ansiedad e inestabilidad de mi yo subcontratado de la segunda parte.

Lo siguiente sería abrirme un expediente de regulación de empleo que me prejubilara con la indemnización y las ayudas correspondientes. Una indemnización y unas ayudas que invertiría en investigación y desarrollo para ganar en competitividad. Llegado el momento -un par de meses máximo- saldría a bolsa para ver cómo el mercado valora la expectativa y con un poco de ingeniería financiera acabaré logrando que, tras la correspondiente opa amistosa, alguna multinacional me absorba.

En menos de un año de cabeza al Forbes. Al tiempo. Lo que no tengo muy claro es para qué.

… jaque mate.

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Capítulo Milésimo centésimo septuagésimo quinto: “Hakuna matata” (El Rey León, Roger Allers; 1994)

Morirse es caro. Especialmente para quien tiene que pagar la factura, que no suele ser el muerto.

Por eso, hoy lunes, un día adecuado para hablar de estas cosas y en la habitual línea práctica de “Tantos hombres y tan poco tiempo”, van un par de ideas, (siempre sobradamente probadas y debidamente documentadas), con las que poderse sacar algunos euros extras que ayuden a sobrellevar tan difícil (y costoso) momento. Los duelos con pan son menos.

Si uno no es demasiado escrupuloso para estas cosas lo mejor es usar las técnicas que trabajan (con excelentes resultados) algunas tribus de indios del Orinoco, en Venezuela: cuelgan los cadáveres en una especie de hamaca durante una semana, y con los líquidos que gotean de ellos en el proceso de descomposición, fabricaban un licor que dicen tener propiedades mágicas.

Los venden a precio de oro y se lo quita de las manos.

Si, en cambio, hay alguien con algún reparo a la hora de manipular directamente un fiambre, (el muerto más revoltoso siempre es infinitamente más fácil que el más tranquilo de los vivos… y lo digo por experiencia) tampoco hay que desesperarse. Existe un amplio abanico de artículos con los que podemos hacer negocio y que cuentan, además, con la garantía de llevar comercializándose toda la vida.

En la Edad Media, las ejecuciones de presos eran la fuente de un particular mercado negro; se comerciaba con las sogas de la horca, que se suponía que poseían abundantes virtudes curativas. También con el sebo de los ahorcados, usadas para fabricar velas que, según se creía, podían alumbrar tesoros ocultos; y con la mandrágora, planta considerada la panacea contra todas las enfermedades, que crecía, según creencia popular, al pie de los patíbulos, regado con el semen de los ahorcados tan presente en cualquier ejecución hecha como Dios manda.

Naturalmente y dada la complejidad técnica de encontrar a principios de mayo de 2008 algún ahorcado, sus complementos o alguna de sus secreciones, bastará con vender algunos artículos parecidos a los originales usando el convenientemente marketing. Al fin y al cabo si como dicen las estadísticas en España se gastan al año 12 millones de euros en satanismos y magias negras, mal tiene que ponerse la cosa para que algún crédulo no sea capaz de comprarnos un trozo de poto a precio de oro pensando que es una mandrágora regada con los restos del último “homenaje” que se corrió (y nunca mejor dicho) un ahorcado. Digo yo.

… morderse la lengua.

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Capítulo Milésimo centésimo septuagésimo cuarto: “Si eres feliz, escóndete. No se puede andar cargado de joyas por un barrio de mendigos. No se puede pasear la felicidad por un mundo de gente que se cree desgraciada” (Alejandro Casona, 1903-1965; escritor español)

Leer ya me gustaría. Pero ¿de dónde saco el tiempo?” me decía uno. Y otro, un semi-ejecutivo en camino de prosperar: “- Tres horas se me van en el camino de casa a la oficina. A los hijos pequeños apenas los veo”.

El tiempo es una realidad misteriosa. Ya San Agustín escribía que si nadie le preguntaba qué era, sabía lo que era, pero que apenas intentaba una definición fracasaba. Aristóteles precisó que el tiempo es la medida del movimiento. Por eso cuando se hacen muchas cosas el tiempo es siempre rapidísimo; quien no hace nada dispone de un tiempo largísimo, interminable.

En la civilización industrial, donde se paga por horas, donde hay que fichar, donde se cobran trienios –y tantas otras realidades medidas por el tiempo-, se ha perdido el sentido profundo del tiempo de ocio, del tiempo para contemplar, para empaparse en la realidad.

La mayoría de los pueblos primitivos no usaron reloj. Se guiaban por el sol y el tiempo era la medida de lo que hacían. De ahí la calma tranquila, la atención en el cultivo del campo, la concentración en la pesca, el mimo en el pastoreo. Algunos antropólogos interpretaron todo esto como ociosidad o vagancia. Y era todo lo contrario: trabajo con los cinco sentidos, contemplación activa de la realidad. Por eso conocían cientos de plantas y sus propiedades; por eso tenían nombres para muchos tipos de vientos, de lluvias, de nubes.

Nosotros dedicamos una parte del tiempo a organizar el tiempo; otra parte a mirar el reloj; otra a quejarnos de la falta de tiempo; otra a perder el tiempo. Poco a poco se ha convertido el tiempo para hacer las cosas en algo más importante que las cosas que hay que hacer. El resultado, mucha veces, es que las cosas no se hacen, pero, eso sí, se mide cuidadosamente el tiempo empleado en no hacerlas. Y es que siempre hay más tiempo cuando se deja de decir que no hay nunca tiempo.

Uno y dos de mayo. Hasta el lunes pues.
… más “historias extra-ordinarias” todo el fin de semana.

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Capítulo Milésimo centésimo septuagésimo tercero: “Nunca trates de enseñar a un cerdo a cantar. Perderás el tiempo y fastidiarás al cerdo”. (Proverbio ruso)

En tiempos de crisis, cualquier idea es bienvenida si sirve para ahorrar.

El faraón Menopto, que reinó en Egipto más o menos por el año III a. de C., tras vencer a sus enemigos los sirios mandó cortarles sus 13.000 (trece mil) penes, trofeo que exhibió y acabó repartiendo entre sus más íntimos para demostrar su gran victoria y, ya de paso, ahorrarse alimentar a los miles de esclavos -a sus “empleados” nunca les faltaron lechugas que llevarse a la boca- que hubieran sido necesarios para fabricar otras tantas figuritas conmemorativas que el bueno de Menopto acostumbraba a repartir cada vez que el faraón volvía victorioso.

Y es que, cuando las dificultades empiezan a aparecer, la imaginación es la mejor herramienta para enfrentarse a ellas.

El sultán Key Coubat I de los selyúcidas, una importante dinastía turca de Oriente Próximo que gobernó el oriente musulmán por los siglos XI y XII, pasó a la historia por fabricar 300 tiendas de campaña para su ejército con los testículos y escrotos de los 30.000 enemigos capturados en batalla.

Y luego dicen que lo del reciclaje es un invento moderno.

… el humor de los caballos.

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